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Etiqueta: familia

Un momento en el jardín

La luz del sol y las caricias del viento entretienen los sentidos y despiertan la ilusión. Tan solo necesito de un paso más para llegar al jardín. Me acerco a la puerta y los dos gatos ya se encuentran a mi pies. Veo en sus ojos la misma felicidad que yo llevo en el corazón.

Cierro mis ojos y abro la puerta. Como siempre, los gatos llevan las de ganar. No he terminado de abrir los ojos y ellos ya están afuera en el jardín. Blue rápidamente busca el “High ground” y acomodarse en su mesa favorita. Fluffy sin tanta prisa se dirige a dormir entre los agapanthus bajo el sol.

La verdad es que los tres disfrutamos de estos momentos en el jardín. Los gatos por estar en algo más parecido a su ambiente natural y yo por poder acompañarlos un momento bajo el sol. Hay algo mágico en ese pequeño jardín que nos hace sentir mejor.

Pero también les debo contar que Blue es traviesa y ha sido ya más de una vez en la que ha decidido trepar la pared y escaparse a la vecindad. Nos ha dado un buen par de sustos y ahora sé que no la puedo dejar de monitorear. Eso de ir a traer la escalera y subirme a buscarla no es de lo que más me agrada hacer. Lo bueno es que ya van varios meses en que no ha tratado de escapar. Cada vez más parece que solo quiere tomar el sol viendo los pájaros volar.

Y así son los momentos con los gatos en el jardín. Claro que hay otro tipo de momentos en el jardín. Hay momentos de churrascos, hay momentos de secar ropa (cuando la secadora deja de funcionar) y hay momentos para jugar beisbol. Nuestro jardín es pequeño pero nos da muchos momentos de felicidad.

Hoy me voy a descansar muy agradecido por qué pude disfrutar de otro inolvidable momento en el jardín.

La travesura del mortero y la pasta de dientes

Habré tenido unos diez u once años de edad. Lo suficiente para haber aprendido a tenerle miedo a mi papá —lo escribo en tiempo pasado pues él ya murió. Él era my enojado.

Quemar “cohetes”, “canchinflines y ”morteros» son otras de las cosas que también había aprendido a esa edad. Lo que estoy a punto de relatarles asumo que ocurrió en un mes de diciembre pues el olor a pólvora y los recuerdos de las vacaciones del colegio pintan de alegría la memoria.

Lo recuerdo bastante bien. Al día siguiente íbamos a salir de viaje con la familia. Ya era tarde y la tradicional puesta del sol de fin de año ya estaba sobre él redondel al final de la cuadra en donde crecí.

— “Salí a jugar, tenemos cohetes y morteros para quemar!”, gritaban mis amigos desde afuera.

— “Mamá, ¿puedo salir?”, pregunté con timidez, sabiendo que la respuesta probablemente sería “no”. Mi mamá era —de nuevo en pasado pues ella también ya murió— una persona muy nerviosa y el hecho de que al día siguiente salíamos de viaje no iba a ayudar. No me equivoqué.

Pero los nervios de mamá me ayudaron. Estaba tan ensimismada con preparar los últimos detalles de nuestra salida que rápido me di cuenta que iba a poder salir sin que se diera cuenta. Decidí tomar el riesgo.

Así que unos minutos después ya estaba afuera en aquel redondel que me vio crecer. Sin permiso y a escondidas me uní a mis amigos a literalmente jugar con fuego. Y como bien lo dice el dicho popular, “el que juega con fuego, tarde o temprano se quema.”

Lo recuerdo tan claramente. La repetición me había hecho un poco más temerario. Nada malo me podía pasar. Empecé con “volcancitos”, luego seguí con los “canchinflines” y “cohetes” para finalmente graduarme a los “morteros”.

Todavía lo puedo ver en mi mano. Un triangulo de papel periódico con pólvora compactada con mucha presión en su centro. La mecha colgaba de un vértice del triángulo color rojo.

Así que prendí la mecha pero justo cuando lo iba a lanzar pasó un niño del vecindario en su bicicleta frente a mí. No sé si fue el miedo, instinto o una combinación de ambos pero verlo pasar me paralizó. Tan solo recuerdo ver la mecha encendida consumirse demasiado rápido y luego escuchar una ensordecedora explosión. Cerré los ojos y luego sentí el olor a pólvora. No quería abrir los ojos.

El dolor. En mi mano era tremendo. Era una mezcla entre ardor y el dolor tan característico de una quemadura. Abrí los ojos y voltee a ver. El mortero ya no estaba en mi mano. Había sido reemplazado por el rojo de la carne viva abajo de la piel de mi mano.

Esto era algo imposible de esconder —al menos eso pensaba yo en ese momento— así que decidí ir a casa, confesar la travesura y aceptar las consecuencias.

Mi mamá no lo podía creer. Tenía mucho miedo. Pero su miedo no tenía nada que ver con lo que le pasaba a mi mano, ella ya tenía un plan para arreglar eso. El miedo era cómo iba a reaccionar mi papá. Como ya les dije, era extremadamente enojado y aparte de todo, al día siguiente salíamos de viaje.

“Tu papá no puede saber de esto”, me dijo. “Si se entera nos mata a los dos”.

— “¿Pero qué vamos a hacer? Me duele mucho”, logré sollozar entre mis llantos. «¿Quién me va a curar?

— “No podemos ir al doctor por que tu papá se daría cuenta”, respondió mamá. “Así que yo te voy a curar. Yo sé que vamos a hacer. Te voy a echar pasta de dientes en la herida para que te deje de doler y empiece a cicatrizar.”

Honestamente les puedo decir que al día de hoy no tengo la más mínima idea si la pasta de dientes es algo que se usa para tratar las quemaduras. Lo único que sé es que el miedo que los dos sentíamos en ese momento era más grande que el dolor de mi mano y que el riesgo que mamá decidió tomar al curarme con un remedio casero.

Sea como sea, la pasta, 32 años después, parece haber funcionado. No dijimos nada y yo me aguanté el dolor durante todo el viaje. Pasé disimulando mañana tarde y noche. El viaje terminó y regresamos a casa. Mi papá nunca supo lo que pasó y mi mano no tiene cicatriz alguna que evidencie lo que sucedió.

Se podría decir que la historia del mortero y la pasta de dientes siempre estuvo entre mi mamá y yo. Hasta hoy.

Viaje Moscos y Preinfa a El Salvador, Marzo 2018

Fue un fin de semana para recordar. La ilusión de visitar otro país y estar con tus amigos haciendo lo que mas te gusta, jugar el beisbol. La emoción de los niños fue palpable desde días ates de salir: como irán  a ser los campos? Como se llaman los equipos contra los que vamos a jugar? Serán mas grandes que nosotros? Fue una gran experiencia que seguro les transformará la vida.

A mi manera de verlo los dos juegos amistosos que la academia Playball disputó este fin de semana en El Salvador (uno en Santa Ana y el otro en San Salvador) le dejaron mucho mas que  la experiencia puramente deportiva a los niños. El viaje les dejó una sensación de compañerismo y trabajo en equipo que los acompañará el resto de sus vidas. Competir sanamente contra niños de otro país les abrió los ojos a un mundo mas grande, un mundo en donde podemos venir de distintos lugares pero de alguna manera somos todos iguales.

El resultado del juego, al menos para mi es secundario. Espero que también lo sea para mi hijo. Lo realmente importante fue ver a cada uno de los niños darlo todo durante los juegos y una vez terminado cada juego recargar de alguna manera todas sus energías para ir a jugar horas seguidas en la piscina. Fue un recordatorio muy importante sobre lo mucho que podemos disfrutar si nuestro objetivo es aprovechar el tiempo al máximo.

Como papá puedo decir que la oportunidad de compartir con las otras familias que comparten el mismo objetivo de ayudar a sus hijos a crecer de una manera sana y darles las mejores herramientas para el futuro a través del deporte fue muy enriquecedora. Poder ver que todos queremos lo mismo para nuestros hijos (una buena vida) y cada uno lo buscamos de una manera diferente es muy enriquecedor. Se aprende mucho y se cuestionan muchas cosas (buenas y malas) que hacemos  sin siquiera darnos cuenta en muchas ocasiones.

Finalmente, el poder estar cerca de ls entrenadores, quienes están dedicando una gran parte de sus vidas a formar a nuestros hijos fue muy gratificante. Compartir en un ambiente fuera del campo con ellos nos abrió una pequeña ventana a las vidas de estas personas que hoy por hoy están jugando un rol tan importante en la vida  de nuestros hijos. Gracias Jorgito y Julio.

El día del padre, gracias Christian

Hoy es el día del padre, que mejor día para tener presente lo importante que es ser cada vez un poco mas humano. Que mejor día para seguir trabajando duro en nuestro crecimiento como personas, desarrollar todas aquellas cualidades que se que están en nosotros y al mismo tiempo luchar para sobrepasar todas aquellas limitantes que tantas veces no nos dejan seguir.

Recién ayer leí una cita que me gustó bastante:

Un padre le dijo a su hijo: «ten cuidado por donde caminas»

Su hijo le respondió: «ten cuidado tú, recuerda que yo sigo tus pasos…»

Que cierto es! El privilegio de ser padre es un privilegio de ser guía, ser ejemplo, de ser super héroe! De cierta manera es algo indescriptible y profundamente poderoso. Es una ventana que nos permite ver lo poderosas que son nuestras acciones en el mundo ya que en cada pequeña acción que decidimos o no decidimos tomar podemos ver inmediatamente los efectos que tenemos en la vida de los demás.

Se que ser padre no es solo del día de hoy. Es una hermosa tarea que se está presente cada instante de nuestras vidas. Estemos donde estemos y hagamos lo que hagamos. El privilegio siempre está en la esencia que elegimos hacer en cada momento.

Pero no está de más detenernos un momento el día de hoy y agradecer a nuestros hijos por acercarnos tanto a esa sutil humanidad que despiertan en nosotros cada vez que nos ven a los ojos y nos dicen «hola papi, que bueno que estás conmigo».

Gracias Christian.