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Categoría: coaching

El miedo siempre es fantasía

La sensación de miedo siempre nace ante un evento imaginado que aún no ha ocurrido. No podemos sentir miedo de algo que ya pasó. Usualmente lo que ocurre es que hay un evento detonador que acontece, se asimila, se interpreta y se arman conjeturas e historias sobre qué podría pasar después. Son estas historias las que despiertan el miedo. Todo este proceso es subjetivo.

Nunca en la historia de la humanidad ha habido una persona que haya tenido miedo de algo que iba a pasar con 100% de probabilidad. El mundo no funciona así. No importa la circunstancia y cuántas veces se haya desenvuelto de la misma manera anteriormente, nadie puede predecir con total certeza lo que ocurrirá después.

Reconocer que a lo que se le tiene miedo es una historia creada por nosotros mismos es muy poderoso. Primero, podemos en todo momento escoger si queremos creer o no la historia. Lo hacemos todo el tiempo con todas las demás historias que escuchamos. Y segundo, también podemos reescribir la historia cuantas veces queramos. Después de todo, nosotros somos los únicos autores.

El miedo siempre es una fantasía.

El dolor cómo información faltante

El dolor es una de las sensaciones más viscerales y primarias que experimenta el ser humano. Pensándolo bien, el dolor es algo que todos los animales comparten pero para los efectos prácticos de hoy, nos estaremos centrando en la experiencia humana.

A nivel biológico el dolor no es nada más que el disparo de nervios especializados. Es algo que se siente en el cuerpo y existe para avisar que algo no está bien. En el siguiente nivel, el nivel psicológico, está el significado que cada quien le asigna al dolor que siente. El significado personal que se le asigna al dolor es el sufrimiento. El dolor es mandatorio, el sufrimiento es opcional.

Ahora bien, está claro que el dolor es una herramienta evolutiva invaluable. Sin él, ninguno de nosotros estaría acá. El dolor es necesario para sobrevivir, es el encargado de avisar que el cuerpo está dañado. Pero hay algo aún más importante que el dolor puede hacer. Avisa que se está recibiendo información que antes hacía falta.

La manera más fácil de entenderlo es con un ejemplo. Imaginemos que estás caminando hacia el baño de tu dormitorio a media noche y las luces están apagadas. Estás medio sonámbulo y pateas la pata de la cama. El dolor es inmediato y muy intenso. Hay información que te hacía falta. Sino no hubieras pateado la pata de la cama. No sabías que estaba ahí. El dolor te da la información que hacía falta: la pata de la cama está ahí.

Siempre que hay dolor se recibe información que hacia falta. No importa si el dolor es físico o emocional. Cuando se experimenta dolor es por qué hay información desconocida que se está haciendo presente de manera inmediata. El dolor es nueva información. En otras palabras, el dolor es aprendizaje experiencial.

Guía básica para decidir que tipo de vida quieres llevar

Todos, en algún momento u otro, debemos responder la pregunta “¿Qué tipo de vida quiero llevar?” de manera consciente. Mientras no la respondamos estaremos llevando vidas sin intencionalidad ni propósito. En este estado el tipo de vida que llevamos es definido por las acciones que tomamos al azar.

Ha llegado el momento de decidir qué tipo de vida quieres llevar.

La vida envidiable

Esta es una vida fácil y hasta cierto punto cómoda. Para definirla mejor, detengamonos a pensar y respondamos:

¿Qué tipo de vida es la que envidio yo?

Usualmente envidiamos las vidas de los “ricos y famosos”. Aquellas vidas que parecieran ser glamorosas, exitosas y llenas de reconocimientos. Este tipo de vida aparenta no tener problemas o dificultades y la percepción que transmite es que se tiene todo lo que se quiere todo el tiempo. Aunque tengamos nuestras reservas sobre lo significante que puede ser este tipo de vida es justo el tipo de vida que quisiéramos tener. Esto es lo que la hace envidiable.

Las vidas de las estrellas de rock, grandes emprendedores, deportistas de clase mundial o figuras públicas vienen a la mente.

Tómate unos minutos y haz un listado de las personas que envidias. ¿Cómo son sus vidas?

La vida admirable

Esta es una vida que pocas personas logran llevar, esto es lo que la hace admirable. Es escasa, valiosa y auténtica.

¿Qué tipo de vida es la que admiro yo?

Normalmente admiramos la vida de las personas que han logrado cambiar el mundo y han sobrellevado grandes adversidades. Son vidas de personas que han luchado durante mucho tiempo y con toda su fuerza por alcanzar sus sueños. Cuando analizamos la vida de alguien que es admirable, definitivamente concluimos que no es una vida que quisiéramos tener nosotros. Requiere demasiado esfuerzo, lucha, dificultad y adversidad. El precio a pagar nos parece muy caro.

Seamos honestos, ¿Quién de nosotros quisiera llevar la vida de la Madre Teresa de Calcutta? Sí, es una vida muy admirable pero, ¿querer llevar una vida así? Eso es otra historia. Acá no hay envidia.

Tómate unos minutos y haz un listado de las personas que admiras. ¿Cómo son sus vidas?

Decide

Creo que queda claro cuales son los dos tipos de vida que podemos escoger llevar. Ahora decide si quieres llevar una vida que los demás envidien o que los demás admiren. Empieza actuar acorde.

Costumbre

Costumbre es algo que hacemos con frecuencia. Es aquello que no nos damos cuenta qué hacemos y que tampoco cuestionamos. Costumbre es el piloto automático.

La costumbre nos hace sentir a gusto y nos mantiene cómodos, nos impide crecer. La costumbre evita que podamos aprender y adormece nuestros sentidos. Costumbre es quedarnos en el mismo lugar.

Muchos buscamos cambiar nuestras vidas desarrollando nuevos hábitos pero a veces el cambio que estamos buscando está en dejar de hacer algo a lo que ya estamos acostumbrados.

Aceptación no es indiferencia

El mundo siempre seguirá su camino y los eventos seguirán ocurriendo. La historia se desenvolverá sin tomar en cuenta los intereses personales de nadie. Entonces, ¿Por qué insistimos en poner resistencia?

Resistirnos a que las cosas sean como son nos genera ansiedad y muchas veces enojo. Esta sensación de que el mundo está mal y nosotros estamos bien es muy desgastante. Hay una manera mucho más efectiva de lidiar con aquello que no está alineado con lo que queremos —aceptarlo.

Aceptar las cosas como son es tan difícil porque estamos programados para creer que aceptar algo es lo mismo que ser indiferentes ante ello y que por ende no haremos nada para cambiarlo. Esto no es cierto.

Aceptar las cosas como son es reconocer que algo está pasando y que es independiente de nuestros intereses o expectativas. El evento que ocurre es siempre ajeno a nosotros y a lo que queremos que ocurra. Esta es la naturaleza del mundo en que vivimos.

Si lo que está ocurriendo no nos agrada siempre podemos decidir querer cambiarlo. Y para cambiarlo no tenemos que resistirlo ni luchar en contra de ello. Lo debemos aceptar tal y como es, entenderlo y estudiarlo. Verlo como algo perfecto que simplemente no encaja con lo que queremos. Solo entonces podremos encontrar como participamos en la situación que queremos cambiar y trabajar para dirigirla un poco más cerca hacia donde queremos que vaya.

Enseñar preguntando

El silencio es un regalo muy difícil de dar. Ver luchar a alguien con algo que le cuesta cuando sabemos que se lo podemos resolver tampoco es fácil. Con razón enseñar es algo tan difícil. Va en contra de las programaciones más arraigadas que tenemos.

La mejor manera de enseñar es por medio de hacer preguntas. Las preguntas estimulan el pensamiento y nos invitan a buscar nuestras propias soluciones. Ante una pregunta las conjeturas, ya sean correctas o falsas, empiezan a desfilar por nuestras mentes. No lo podemos evitar. Es gracias a este proceso que aprendemos.

Un verdadero maestro dejará a su alumno luchar con lo que no sabe. Lo verá con compasión y lo acompañará durante el proceso pero nunca le dará la respuesta pues sabe que dar la respuesta interrumpirá el proceso de aprendizaje. El maestro siempre será un guía y buscará hacer las preguntas correctas que ayuden al alumno a concluir su proceso.

No hay nada más gratificante en este mundo que ver cuando los ojos de otra persona se prenden en el momento en que entiende algo por sí misma —y saber que nosotros jugamos un pequeño rol facilitando su proceso. El momento en que se da esa conexión es mágico. Pero para poder llegar a ese momento es necesario pasar por el calvario de ver a alguien luchar con buscar su propia respuesta.

Para poder ayudar a crecer a los que nos rodean tenemos que estar dispuestos a enseñar preguntando. Y para hacer esto tenemos que destruir nuestra programación que nos lleva a no querer ver a los demás luchar cuando sabemos que les podemos ayudar.

Actuar sin ansiedad

Por mucho, la ansiedad es el motivador principal que la mayoría de personas utilizan para llevarse a actuar. Si voy a estudiar para el examen lo voy a hacer para evitar la ansiedad que genero al pensar que voy a perder la clase y no por la ilusión que siento por aprender algo nuevo. Ya saben cómo es.

El precio que se paga por actuar con ansiedad en los momentos más importantes de la vida es demasiado caro. El desgaste psicológico y emocional es desproporcionado a lo que se gana. Aparte de esto, tampoco es sostenible. Cualquier persona que esté operando en base a miedo y ansiedad está sujeta a colapsar tarde o temprano.

Utilizar la ansiedad como motivador principal es algo que se aprende desde pequeños y todo lo que se aprende se puede desaprender. La ansiedad se puede sustituir, con mucho trabajo y reflexión, por visión y entusiasmo. Es posible, al enfrentar cualquier situación, visualizar un resultado alineado a los valores más profundos que tenemos y motivarnos por sostenerlos en lugar de generar ansiedad y miedo por tratar de evitar un desenlace que no queremos. Es posible actuar sin ansiedad.

Cansancio y satisfacción

El cansancio realmente tiene una mala reputación. Pobre individuo, nadie lo quiere. Pero resulta ser que la mayoría de las veces no es tan malo como lo pintan ser. De hecho, el cansancio en su forma más pura es muy bueno.

El cansancio, cuando es producto de una enfermedad o alguna anomalía física, es una señal de que algo no está bien con el cuerpo y que hay que empezar algún tratamiento. No hay nada malo en esto. Es más, si no existiera esta señal el tratamiento de muchas enfermedades, por poco nocivas que sean, empezaría muy tarde y la sanacion sería más larga y difícil.

El cansancio, cuando es producto de trabajo y esfuerzo es una señal de productividad. Nos recuerda que se utilizó energía en construir algo, en luchar por un objetivo. El cansancio mental y corporal se pueden ver cómo una insignia de honor. Son la evidencia de haberle ganado la batalla a la comodidad y a la inercia que muchas veces hacen prisioneras a tantas personas que ven su vida desfilar desde una cárcel de indiferencia. El cansancio es satisfacción.

Si una persona no experimenta cansancio regularmente es muy probable que no esté logrando mucho progreso en su vida. Crecer como ser humano requiere esfuerzo, mucho esfuerzo. Y realizar esfuerzos es cansado. Si no hay cansancio no hay crecimiento. Este mundo es difícil y subsistir requiere esfuerzo.

Un consejo muy provechoso es cambiar el significado que se le da al cansancio. Si el cansancio se percibe como algo malo y que es producto de haber tenido que hacer algo que no se quería hacer o que no permitió estar en comodidad, no se podrán perseguir las actividades importantes que traen de la mano el crecimiento. Se tendrá una vida difícil.

En cambio, si el cansancio se relaciona con productividad y con un trabajo bien hecho será más fácil perseguir todo aquello que fortalece el cuerpo, la mente y el alma. El cansancio será la señal de que se está logrando progreso y cuando llegue el momento de descansar se podrá experimentar el más dulce descanso por qué estaremos satisfechos de lo logrado.

El truco más formidable de la mente

La mente es realmente impresionante. Prácticamente no hay nada que no pueda hacer. Si vemos a nuestro alrededor, todo lo que la humanidad ha construido es producto de la mente humana.

Empezando con el lenguaje, pasando por la matemática y finalizando con la expresión artística, no hay nada creado por el hombre que no tenga su origen en el poder de la mente. La mente tiene muchos trucos como poder hacer que sintamos un olor con tan solo recordar un lugar, nos puede ayudar a motivarnos al recordar un resultado positivo y nos permite imaginarnos cosas que aún no existen para que las podamos construir. La mente realmente es maravillosa.

Pero, ¿saben cuál es el truco más formidable de la mente? Nuestra mente nos puede convencer de que necesitamos de algo, cualquier cosa, para poder ser felices. Me parece increíble que la mente puede llegar a hacer esto y así causar tanto dolor y sufrimiento.

¿Alguna vez has perdido algo y te dijiste que nunca podrías ser feliz sin ello (una relación, un trabajo, una posesión, etc.)? Y luego pasó algo de tiempo y zas, volviste a ser feliz sin tenerlo. Tal vez ni te diste cuenta del cambio pero sí, pudiste volver a ser feliz sin aquello que considerabas esencial para tu felicidad. Esto nunca lo podrías haber creído así en el momento en que lo perdiste.

Puede ser que lo olvidaste, lo lograste sustituir, ¿o que se yo?, el punto es que nunca realmente lo necesitaste para ser feliz. Todo el tiempo estuviste engañado por tu propia mente y tu programación para creer que necesitabas de eso para ser feliz.

Este tipo de creencias se llaman apegos. Un apego es justo eso, una falsa creencia de que necesitamos de algo o de alguien para ser felices. Los apegos nunca son reales y no son más que historias muy enraizadas en la programación de nuestra mente que nos hacen creer que nuestra felicidad depende de que las cosas en el mundo exterior ocurran de cierta manera.

Así que ahí lo tienen. El truco más formidable de la mente no es ni el cálculo matemático ni el álgebra lineal ni la capacidad de escribir la divina comedia o de construir un rascacielos. El truco más formidable de la mente es hacernos creer que nuestra felicidad depende de algo más que nuestras propias ganas de ser felices. ¡Increíble!

La batería humana

Al igual que los electrónicos que hoy se han apoderado de buena parte de nuestra vida, nosotros también necesitamos recargar. La vida ocurre y nosotros inevitablemente nos involucramos en los sucesos que ocurren a nuestro alrededor. Este proceso natural nos cansa y en ciertos momentos hasta nos llega a quemar.

A pesar de que la descarga es a veces dramática, rara vez nos damos cuenta de lo que realmente está ocurriendo. Podemos decir cosas como “hoy quiero dormir un poco más” o “esta fue una semana dura” pero no estamos conscientes del grado de recuperación que nuestros cuerpos nos están pidiendo.

La mejor manera de dar lo mejor de nosotros mismos es estar en un estado óptimo emocional, mental, y físico. La única manera de alcanzar este estado es a través del descanso y la recuperación.

Volviendo a la analogía de los electrónicos, por lo menos yo, siempre sé cuánta batería le queda a mi teléfono y a mi computadora. Hasta hace poco no era lo mismo con mi cuerpo y mente. No tenía ni idea de en qué estado estaban y que hacer para recargarlos.

Es extremadamente fácil confundir un desgaste emocional, mental o físico con no querer hacer cosas que usualmente nos gustan hacer, sentirnos abrumados o querer dormir más de lo normal. Cuando constantemente experimentamos este tipo de situaciones lo más posible es que necesitemos recargar.

Para mi recargar usualmente involucra estar solo. Soy una persona extremadamente social pero las interacciones sociales me cansan. Pasar tiempo a solas me repone mucho. Durante ese tiempo solo me gusta leer, ver televisión (documéntales o deportes) y simplemente estar tirado en una cama viendo al techo. Ahora también paso bastante tiempo meditando. Lo que sí ya he identificado es que es ese tiempo a solas lo que más me repone.

Así que, al igual que estamos pendientes de las baterías de nuestros electrónicos, es importante que también empecemos a cuidar la batería más importante que tenemos: nuestra batería humana.