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Categoría: personal

Un momento en el jardín

La luz del sol y las caricias del viento entretienen los sentidos y despiertan la ilusión. Tan solo necesito de un paso más para llegar al jardín. Me acerco a la puerta y los dos gatos ya se encuentran a mi pies. Veo en sus ojos la misma felicidad que yo llevo en el corazón.

Cierro mis ojos y abro la puerta. Como siempre, los gatos llevan las de ganar. No he terminado de abrir los ojos y ellos ya están afuera en el jardín. Blue rápidamente busca el “High ground” y acomodarse en su mesa favorita. Fluffy sin tanta prisa se dirige a dormir entre los agapanthus bajo el sol.

La verdad es que los tres disfrutamos de estos momentos en el jardín. Los gatos por estar en algo más parecido a su ambiente natural y yo por poder acompañarlos un momento bajo el sol. Hay algo mágico en ese pequeño jardín que nos hace sentir mejor.

Pero también les debo contar que Blue es traviesa y ha sido ya más de una vez en la que ha decidido trepar la pared y escaparse a la vecindad. Nos ha dado un buen par de sustos y ahora sé que no la puedo dejar de monitorear. Eso de ir a traer la escalera y subirme a buscarla no es de lo que más me agrada hacer. Lo bueno es que ya van varios meses en que no ha tratado de escapar. Cada vez más parece que solo quiere tomar el sol viendo los pájaros volar.

Y así son los momentos con los gatos en el jardín. Claro que hay otro tipo de momentos en el jardín. Hay momentos de churrascos, hay momentos de secar ropa (cuando la secadora deja de funcionar) y hay momentos para jugar beisbol. Nuestro jardín es pequeño pero nos da muchos momentos de felicidad.

Hoy me voy a descansar muy agradecido por qué pude disfrutar de otro inolvidable momento en el jardín.

El rol de padre

Aclaración: Estoy anuente de que existen familias en donde por una infinidad de distintas situaciones la figura paterna puede no estar presente —ya sea de forma temporal o permanente. El fin de este artículo es relatar la experiencia de la paternidad desde mi propia experiencia, tanto cómo hijo y cómo padre.


Desde que nacemos, cada uno de nosotros, experimenta lo que es interactuar con la figura paterna. Durante la primer parte de nuestra vida la experimentamos como hijos y más adelante —si así lo decidimos y llegamos a tener la fortuna— lo experimentamos como padres.

Inevitablemente, el rol que jugamos como padres está fuertemente definido por la experiencia que tuvimos con nuestros propios papás cuando éramos niños —la relación padre hijo siempre le da forma a ambos. Es por esto que cada palabra, acción y ejemplo que le damos a nuestros hijos debe ser intencional y muy bien pensada. Estamos influenciando el tipo de padres que serán nuestros hijos en un futuro no muy lejano.

El rol de padre para mí significa dejar ir. Dejar ir mis aprensiones y miedos, de las ganas de controlar y querer que mi hijo sea exactamente cómo yo quiero que sea. Ya viví eso de pequeño y la verdad, creo que no me funcionó. Prefiero servir de guía y encaminarlo hacia ser una persona feliz e independiente que deje toda su alma y corazón para alcanzar sus propios sueños. No enseñarle a qué persiga los míos.

Para guiar a nuestros hijos ha ser hombres y mujeres de bien debemos aprender y crecer mucho nosotros mismos. Es imposible enseñarle a alguien algo que uno todavía no ha aprendido. Así es que el rol de ser padre incluye cualquier cantidad de trabajo y crecimiento personal. Requiere ser cada vez que seamos mejores personas. Ser padre es cumplir con el compromiso y trabajo de convertirnos en el tipo de persona que queremos que nuestros hijos sean.

El rol de padre es colaboración. Es dejar ir nuestro orgullo y aprender a definir cómo familia cuales son los valores que definirán las vidas de nuestros hijos. Puede sonar muy fácil pero esto resulta extremadamente difícil debido a que cada persona en la familia tiene sus propios valores y manera de ver las cosas. Es importante cómo padre colaborar en crear un ambiente en donde nuestros hijos aprendan que está bien ser ellos mismos y que cada quien siempre tiene algo distinto que aportar. Ser padre es enseñar a respetar la libertad de los demás y cómo convivir.

El rol de padre necesita que muchas veces admitamos que nos equivocamos o que no siempre “tenemos la razón”. Ser padre es enseñar humildad y saber escuchar. Es tener paciencia y mostrar templanza. Es desarrollar ese autocontrol que muchas veces queremos tirar por la ventana. Es mostrar nuestras emociones cuando lo único que queremos hacer es huir. Es ser firmes y compasivos a la vez. Es enseñar siempre estando abiertos a aprender. Nuestros hijos tienen mucho que nos pueden enseñar —si nosotros tan solo queremos aprender.

Es hora de dormir

Estoy cansado y ya la obscuridad me invita una vez más a volar a la tierra del más allá. El silencio, que en otra etapa de mi vida pudiera haber sido un terrible castigo, hoy es tan bienvenido como la visita de un buen amigo que te viene a consolar.

Muchas veces se dice que ya es hora de dormir cuando el reloj tiene sus manecillas en una determinada posición. Casi que son palabras que se invocan por costumbre o por cumplir con una rutina que Dios sabe quién inventó.

Pero este no es el caso de hoy. Ya es hora de dormir. No por la hora que es o por qué alguien más lo esté diciendo. Es hora de dormir por qué los ojos se cierran y los pensamientos son pesados. Hay muy pocos momentos en la vida cuando el cuerpo, alma y mente se ponen de acuerdo en querer la misma cosa. Justo ahora es un momento de esos, los tres quieren descansar.

Lo último que escucho es el viento sonar afuera de mi ventana. La tensión desaparece de cada una de las fibras de mi cuerpo y con un ligero suspiro entro a otro mundo en donde el tiempo no existe y el cuerpo y alma se empiezan a regenerar. Es hora de dormir.

Esta vez sin publicidad

A principios de marzo empecé a leer libros sobre cómo escribir mejor. Algunos de ellos sobre estructura y estilo y otros acerca de claridad de pensamiento y el poder de las palabras.

Después de eso, hace 65 días, me propuse volver a escribir y publicar un post al día en este blog. Al día de hoy he cumplido el cometido todos los días.

Cuando empecé a escribir otra vez no me imaginé lo mucho que cambiaría la dinámica acá en el blog. En estos dos meses han pasado dos cosas que no pude prever.

Primero, el tráfico que recibe el blog ha estado creciendo bastante —cerca de un 400% mensual. Gracias a esto, tuve que crecer los servidores donde corro WordPress. La base de datos empezó a tener problemas manejando la cantidad e posts y los picos de tráfico.

Segundo, la cantidad de personas que están leyendo mis posts me ha puesto a pensar que debo encontrar como monetizar el contenido. Si el crecimiento sigue su rumbo actual los costos mensuales de mantener el sitio va a empezar a pesar.

Así que hace un mes decidí correr un experimento y después de mucho tiempo de no hacerlo, volví a agregar publicidad a los posts. A pesar de que el experimento indica que probablemente la publicidad podría llegar a pagar los costos mensuales de operación, ayer decidí quitarlos.

Siento que la publicidad en el tipo de contenido que genero le resta valor a la audiencia. Interrumpe y distrae, es muy intrusivo. Satura el contenido y lo hace difícil de leer.

Al final lo que estoy buscando es que su atención se centre en lo que estoy tratando de decir, en transmitirles un mensaje que considero importante. Quiero enriquecer, no distraer. No más publicidad.

¿Qué voy a hacer a largo plazo? Realmente no lo sé. Si alguien tiene sugerencias, son bienvenidas. Lo que sí tengo claro es que quiero estrechar la relación con mi audiencia y cada vez generar contenido de mayor calidad.

Es por esto que esta semana estoy abriendo la posibilidad de que se puedan suscribir, de manera totalmente gratuita, a recibir artículos nuevos por correo. Todo lo que tienen que hacer es ingresar su correo abajo y listo. Espero que se suscriban y qué inviten a sus conocidos también para ayudarme a seguir generando contenido libre de publicidad.

Procesando…
Éxito! Ya estás en la lista.

Música vs Podcasts

Desde los ya hace mas de 84 días que estamos en cuarentena, he corrido escuchando Podcasts. Como escribí en este artículo, he tenido que buscar tiempo para escuchar podcasts por qué ya no paso tiempo en el tráfico.

Hoy, después de 7 días de no salir a correr debido a mal clima, me sentí sumamente motivado al ver que la tormenta finalmente terminó. Sobre un cielo azúl, un par de nubes blancas reemplazaban ese manto gris que ya se había vuelto inquilino permanente de la vecindad. Era hora de salir!

Unos momentos antes de empezar a correr, dudé. “¿Pongo podcasts o pongo música?”, me decía por dentro. Me estaba sintiendo muy energizado y sentía que los podcasts no harían justicia al estado de ánimo en el que estaba. No estaba equivocado.

Abrí mi teléfono, e inicié la aplicación de música. Busqué el play list que me ha acompañado ya por más de que 3,000 kilómetros y que no había escuchado desde hace 3 meses atrás. La anticipación creció en mí. Me gusta correr com la música en orden aleatorio y no sabía que canción iba a empezar. Empecé a correr y la música llenó todo mi ser.

Puedo decir que para hacer ejercicio, la música definitivamente le gana a los podcasts. Por lo menos para mí.Por lo menos el día de hoy.

La música fácilmente puede pasar a un segundo plano y permite que la mente pueda enfocarse y pensar en problemas que resolver. También nos invita a soñar. Al escuchar un podcast, la mente naturalmente se centra en tratar de hacer sentido de lo que se está diciendo en el programa que se esté escuchando. Se enfoca en entender.

El nivel de energía que se puede obtener gracias a un set de canciones bien seleccionadas que sirvan como detonador emocional es muy alto. Esto definitivamente hace una gran diferencia en el rendimiento que se obtiene. La experiencia de la rutina también se verá beneficiada.

Puede ser que esto solo sea una impresión que tengo gracias a la muy buena experiencia que tuve por la mañana. Pero no lo creo. Objetivamente mis resultados de hoy fueron bastante mejores. A pesar de que tenia mas de una semana de no hacer ejercicio, mi paso promedio por kilometro fue 22 segundos más rápido de lo que había estado promediando este último mes.

Definitivamente esto es un tema subjetivo y las experiencias de cada quién van a ser diferentes. Así que lo único que puedo afirmar es que dadas las condiciones de hoy, para mí, la música le pateo el trasero a los podcasts.

Prisionero de la rutina

4:45 am. Un sonido extraño suena a lo lejos. Tiene un ritmo constante que me recuerda la primer oficina en donde trabajé. No sé si aún estoy durmiendo o ya desperté. No puedo seguir ignorando que algo fuera de lo normal está pasando. Finalmente veo mi teléfono. 4:49am.

“Igual ya solo faltan 11 minutos para las 5:00”, me dije somnoliento. “Voy a ir a ver qué es ese ruido.” No tuve que ni salir de la cama para reconocer que era el ruido que me despertó; tan solo necesitaba recuperar un poco la conciencia. Pronto también supe por qué el sonido lejano me recordaba de la primer oficina en que trabajé.

Hubo un corte de electricidad y la alarma del UPS de la computadora de la casa estaba sonando. “Perfecto, son las 4:56 am y no hay electricidad”, refunfuñe en mi interior. Camine hacia el estudio en donde está la computadora, apagué el UPS, abrí el estuche donde guardo mis lentes para leer, me los puse lentamente, prendí el Kindle y me senté en el sillón en donde durante los últimos 4 meses he empezado todos mis días leyendo.

No podía dejar de pensar en aquella primer oficina en donde empecé aquella empresa hace más de 25 años. Puedo jurar que el sonido del UPS que me había despertado 15 minutos antes es idéntico al que sonaba tantas veces cuando perdíamos la electricidad en aquella pequeña habitación llena de servidores.

El delicado sonido de la lluvia, que tiene ya más de 7 días de no parar, me regresó de aquella oficina al sillón en donde estaba terminando de despertar. Enfoqué mi vista y mi concentración en el Kindle y empecé a leer.

Pasaron los minutos y me fui metiendo cada vez más en la lectura. La concentración no duró mucho. Como un relámpago en plena tempestad, una sensación de que algo hacía falta se apoderó de mi cuerpo. Era una sensación de que algo hacía falta, algo no estaba bien. Hacia falta el café.

Subconscientemente, al saber que no había electricidad, decidí no bajar a preparar café y fui directamente al estudio a apagar el UPS. Retome mi rutina de todas las mañanas al sentarme a leer pero hacía falta la primer parte, la taza de café.

A partir de este momento no pude seguir. Se me dificultó muchísimo seguir leyendo. Mi mente se debilitó y no pude dejar de pensar en cuando iba a regresar la electricidad para poder hacer el café. Caí prisionero de mi rutina.

Las rutinas tienen muchos beneficios. Nos dan familiaridad y permiten que seamos muy eficientes para hacer actividades en las que mejoramos con la práctica.

Sin embargo, como con todo en la vida, se debe tener precaución. Si no tenemos cuidado, podemos caer prisioneros de nuestras propias rutinas. Es en ese momento que la rutina ya no nos sirve a nosotros. Nosotros empezamos a servirle a la rutina.

Yo diseñé mi rutina de la mañana para tener un tiempo para mi crecimiento, aprender y poder reflexionar. Hoy caí preso de la rutina y por eso pasé más de una hora de ansiedad esperando que regresará la electricidad para poder completar la rutina.

A la larga, que importa más, ¿completar la rutina u obtener lo que queremos lograr con ella?

El camino de regreso

Hoy es domingo 31 de mayo, 2020. Nadie sabe que disposiciones presidenciales se le van a comunicar hoy a las 8:00pm al pueblo de Guatemala. Los números reportados durante esta semana respecto a los contagios de COVID–19 parecieran ser alentadores y a lo mejor nos lleven a un relajamiento de medidas.

Realmente espero que así sea. Con esto no me refiero a olvidar el cuidado y presionar el acelerador al fondo. Pero sí espero los cambios lleven a el inicio de la reactivación del país. ¿Cómo se va a ser este camino de regreso? No tengo idea.

Lo que si sé es que el camino de regreso no va a ser hacia el lugar de donde partimos. La severidad de la situación, las medidas bajo las que se ha regido el país y los cambios de vida que todos hemos experimentado han cambiado el curso de la humanidad para siempre. Vamos a regresar a un lugar en el que nunca hemos estado.

Esto está bien. Yo no quisiera y estoy dispuesto a no regresar al lugar de dónde salimos. Hay muchas cosas que me he dado cuenta que no quiero para mi vida. También he descubierto muchas otras que son extremadamente importantes y las voy a defender conforme emprenda el camino de regreso.

Cada uno de nosotros va a tener un camino diferente. No va a ser fácil. De hecho, va a ser igual de difícil que haber embarcado el camino que nos trajo hasta dónde estamos hoy. El cambio no es fácil; incluso cuando es para regresar a lo familiar.

Hoy no podemos saber qué nos depara el futuro. Bueno, si algo nos ha enseñado la pandemia, es que NUNCA sabemos qué nos depara el futuro. Pero es momento de estar listos para regresar aunque no sepamos hacia dónde vamos y como vamos a llegar hasta allá.

Estamos hoy parados ante una gran oportunidad. De cierta manera la pandemia nos ha dado permiso —o más bien debo decir, la obligación— de construir algo mucho mejor que lo que teníamos antes de abandonar el status quo.

El camino de regreso está cerca. Es momento de prepararnos para trazar el curso que seguiremos hacia un destino mucho mejor. No nos extrañemos si experimentamos sentimientos encontrados cuando el rumbo empiece a cambiar. La resistencia al cambio es natural.

El camino no va a ser fácil. Pero si escogemos sabiamente, tenemos la oportunidad llegar al lugar de nuestros más grandes sueños.

La travesura del mortero y la pasta de dientes

Habré tenido unos diez u once años de edad. Lo suficiente para haber aprendido a tenerle miedo a mi papá —lo escribo en tiempo pasado pues él ya murió. Él era my enojado.

Quemar “cohetes”, “canchinflines y ”morteros» son otras de las cosas que también había aprendido a esa edad. Lo que estoy a punto de relatarles asumo que ocurrió en un mes de diciembre pues el olor a pólvora y los recuerdos de las vacaciones del colegio pintan de alegría la memoria.

Lo recuerdo bastante bien. Al día siguiente íbamos a salir de viaje con la familia. Ya era tarde y la tradicional puesta del sol de fin de año ya estaba sobre él redondel al final de la cuadra en donde crecí.

— “Salí a jugar, tenemos cohetes y morteros para quemar!”, gritaban mis amigos desde afuera.

— “Mamá, ¿puedo salir?”, pregunté con timidez, sabiendo que la respuesta probablemente sería “no”. Mi mamá era —de nuevo en pasado pues ella también ya murió— una persona muy nerviosa y el hecho de que al día siguiente salíamos de viaje no iba a ayudar. No me equivoqué.

Pero los nervios de mamá me ayudaron. Estaba tan ensimismada con preparar los últimos detalles de nuestra salida que rápido me di cuenta que iba a poder salir sin que se diera cuenta. Decidí tomar el riesgo.

Así que unos minutos después ya estaba afuera en aquel redondel que me vio crecer. Sin permiso y a escondidas me uní a mis amigos a literalmente jugar con fuego. Y como bien lo dice el dicho popular, “el que juega con fuego, tarde o temprano se quema.”

Lo recuerdo tan claramente. La repetición me había hecho un poco más temerario. Nada malo me podía pasar. Empecé con “volcancitos”, luego seguí con los “canchinflines” y “cohetes” para finalmente graduarme a los “morteros”.

Todavía lo puedo ver en mi mano. Un triangulo de papel periódico con pólvora compactada con mucha presión en su centro. La mecha colgaba de un vértice del triángulo color rojo.

Así que prendí la mecha pero justo cuando lo iba a lanzar pasó un niño del vecindario en su bicicleta frente a mí. No sé si fue el miedo, instinto o una combinación de ambos pero verlo pasar me paralizó. Tan solo recuerdo ver la mecha encendida consumirse demasiado rápido y luego escuchar una ensordecedora explosión. Cerré los ojos y luego sentí el olor a pólvora. No quería abrir los ojos.

El dolor. En mi mano era tremendo. Era una mezcla entre ardor y el dolor tan característico de una quemadura. Abrí los ojos y voltee a ver. El mortero ya no estaba en mi mano. Había sido reemplazado por el rojo de la carne viva abajo de la piel de mi mano.

Esto era algo imposible de esconder —al menos eso pensaba yo en ese momento— así que decidí ir a casa, confesar la travesura y aceptar las consecuencias.

Mi mamá no lo podía creer. Tenía mucho miedo. Pero su miedo no tenía nada que ver con lo que le pasaba a mi mano, ella ya tenía un plan para arreglar eso. El miedo era cómo iba a reaccionar mi papá. Como ya les dije, era extremadamente enojado y aparte de todo, al día siguiente salíamos de viaje.

“Tu papá no puede saber de esto”, me dijo. “Si se entera nos mata a los dos”.

— “¿Pero qué vamos a hacer? Me duele mucho”, logré sollozar entre mis llantos. «¿Quién me va a curar?

— “No podemos ir al doctor por que tu papá se daría cuenta”, respondió mamá. “Así que yo te voy a curar. Yo sé que vamos a hacer. Te voy a echar pasta de dientes en la herida para que te deje de doler y empiece a cicatrizar.”

Honestamente les puedo decir que al día de hoy no tengo la más mínima idea si la pasta de dientes es algo que se usa para tratar las quemaduras. Lo único que sé es que el miedo que los dos sentíamos en ese momento era más grande que el dolor de mi mano y que el riesgo que mamá decidió tomar al curarme con un remedio casero.

Sea como sea, la pasta, 32 años después, parece haber funcionado. No dijimos nada y yo me aguanté el dolor durante todo el viaje. Pasé disimulando mañana tarde y noche. El viaje terminó y regresamos a casa. Mi papá nunca supo lo que pasó y mi mano no tiene cicatriz alguna que evidencie lo que sucedió.

Se podría decir que la historia del mortero y la pasta de dientes siempre estuvo entre mi mamá y yo. Hasta hoy.

Hay una distancia

Siempre hay una distancia entre lo que quiero ser y lo que realmente soy. En muchos momentos no cumplo con quién en mis sueños quisiera ser. Soy humano.

Qué doloroso es poder ver que esa distancia siempre estará ahí; pero a la vez, poder verla es el primer paso para algún día poderla destruir. La única manera de llegar a donde quiero estar es primero aceptar en donde estoy.

Puede ser que la parte más difícil del camino sea precisamente esta —aceptar abiertamente en donde estoy. Hay un cierto orgullo que pelea sin descanso y no me deja ser quien pudiera ser. Forcejea, lucha y no me deja en paz. Quiere salirse con la suya y hacerme creer que ya llegue a un lugar que ni siquiera puedo ver desde acá. Hoy, el tiene el control.

Si, es este orgullo lo que me tiene atado a no poder ser quien pudiera llegar a ser. Es este orgullo el enemigo que debo derrotar para alcanzar todo mi potencial. No lo puedo dejar ganar, especialmente ahora que veo esa distancia en todo lugar. Quiero ser todo lo que puedo ser; tanto para mí como para aquellos a mi alrededor.

Entre todo este dolor tengo la esperanza de que este temible enemigo se puede vencer. Al final, que es el orgullo sino solo una creencia de que somos diferentes, mejores de lo que realmente somos.

El camino es la aceptación. Aceptar que si, hay una distancia entre como soy y cómo quisiera ser. Aceptar que me falta camino por recorrer. Aceptar que tengo miedo de verme como soy. Pero también aceptar de que he hecho lo mejor que he podido con buenas intenciones en el corazón.

A seguir reduciendo la distancia….

Lo maravilloso de recordar

Hoy fue un día lleno de recuerdos. Estuve trabajando una buena cantidad de horas en Catharsis, un disco que fue grabado hace 21 años —en junio de 1,999 para ser exactos.

Estoy preparando el disco para ser liberado en todas las plataformas de streaming digital que hoy existen. Una parte elemental del proceso fue escuchar en detalle todas las canciones. Me volví a encontrar con canciones que no había escuchado en más de 15 años. Esto es demasiado tiempo. Mas considerando que esas canciones las compuse y grabé junto a dos de las personas más importantes en mi vida.

No hay palabras que puedan describir la capacidad que tiene la música de transportar los sentidos a otro tiempo y lugar. Así que hoy gracias la música me puse a recordar.

Dediqué una buena parte de la tarde a recordar amigos, lugares y una etapa de mi vida que fue muy especial. Mientras más rienda suelta le daba a la memoria, los recuerdos cada vez más parecían pertenecer a una vida anterior. Casi como que si no hubiera sido yo el que los vivió.

Pero si fui yo el que estuvo ahí. De eso no hay duda. Lo que sucede es que con el paso del tiempo cambiamos. Nuestras vidas y entorno cambian. Algunos nos casamos, tenemos familia y nos sumergimos en el trabajo. Con el paso de los años nos vamos distanciando cada vez más de la persona que una vez fuimos. Al punto que —si llega a pasar suficiente tiempo— podemos llegar a creer que la persona que protagoniza nuestros recuerdos fue otra.

Pero debemos recordar de dónde venimos y sentirnos orgullosos de las personas que fuimos. Es parte de quienes somos hoy. Cada uno de esos momentos nos dio forma y nos marcó para siempre. Al menos, así siento que fue para mí.

Aún en este momento que estoy escribiendo esto sigo recordando a estos dos amigos con los que tuve la fortuna de compartir una adolescencia llena de música, sueños y descubrimiento interior. Ellos me enseñaron vivir.

Y si, como lo viví hoy, recordar puede llegar a doler. Pero el dolor no necesariamente es malo. El dolor es una señal de que algo nos importa. Y vaya que aquellos dos amigos son una importante parte de mi vida. Es irrelevante que uno de ellos ya no esté acá. Aún me sigue importando.

Y eso es lo maravilloso de recordar: Qué puedes estar cerca de alguien que ya no esté acá.