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Cuando no necesitas del premio

Cuando verdaderamente amas lo que haces no necesitas del premio. Cuando lo que te importa es sentarte a trabajar sin pensar en que dirán los demás, entonces no necesitas del premio. Cuando lo que quieres es saciar tu propia curiosidad de saber hasta dónde puedes llegar, entonces no necesitas del premio.

Dejar ir el premio es muy difícil por qué desde que tenemos uso de razón nos enseñan a que hacer algo “bien” amerita un premio. Ya sea que lo que obtengamos venga en la forma de un gesto amoroso de nuestros padres, el reconocimiento de un profesor o la aprobación de nuestro hermano mayor, el premio siempre está esperando cautivar nuestro corazón.

Y es precisamente este tipo de premio que prende nuestras más profundas emociones el que es más difícil de soltar. Es tan poderoso que nos vuelve adictos y nos lleva a confundir la majestuosidad de lo que hacemos con la vacía aprobación del mundo exterior.

Cuando no necesitas del premio eres feliz. Cuando ya no necesitas del premio has encontrado verdaderamente quién eres y de que estás hecho. Cuando no necesitas del premio empiezas a vivir para ti y esto te permite poder vivir para los demás. Hasta que dejas de necesitar el premio, empiezas a despertar.

Trabajo remoto: optimizar para los dos tipos de trabajo

Desde Marzo 2020 muchas empresas hemos estado trabajando de manera remota 100% del tiempo. Esto ha significado que casi no nos hemos visto de manera presencial. Sin duda alguna, esto ha afectado la cultura de las empresas y las relaciones entre los equipos.

Esto no necesariamente es malo, tan solo es diferente. En este momento tenemos muy poca data dura sobre los efectos que el trabajo 100% remoto ha tenido. Creo que ya es momento de empezar a realizar algunos experimentos y definir cómo nos estaremos moviendo hacia adelante.

Antes de seguir quiero hacer énfasis en que creo que la seguridad y la salud de nuestros equipos, familias y comunidades es lo más importante. Es lo primero que se debe tomar en cuenta. Con esa aclaratoria quiero pasar a proponer el primer experimento.

El experimento es relativamente simple y empieza con agrupar el tipo de trabajo que se hace en una empresa en dos grupos:

  • Trabajo individual (90%)
  • Colaboración, coordinación y planeación (10%)

Luego se configurará el flujo de trabajo de la empresa y se adecuarán las oficinas pensando en que el trabajo individual se realizará completamente de manera distribuida (casa, co-workings, cafeterías, etc.)- El trabajo de colaboración, coordinación y planeación se realizará en las oficinas.

Esto implica asegurar que todos los miembros del equipo tengan todo el equipo y recursos necesarios para poder realizar su trabajo individual de manera distribuida. Al mismo tiempo, las oficinas deben ser repensadas y adecuadas para optimizar el trabajo colaborativo, la colaboración y la planeación.

A 30,000 pies de altura, los gerentes deben transformar los espacios en donde las personas hacían su trabajo individual en áreas abiertas en donde todos se sientan seguros y puedan colaborar de la manera más efectiva posible. Estos espacios se convertirán en espacios de interacción, creatividad y colaboración. ¿Exactamente cómo se verá esto? Aún no lo sé y de seguro será un proceso de ensayo y error. Cada empresa encontrará su propio camino y estilo.

Lo importante es empezar este proceso cuantos antes para encontrar la solución ideal.

La batería humana

Al igual que los electrónicos que hoy se han apoderado de buena parte de nuestra vida, nosotros también necesitamos recargar. La vida ocurre y nosotros inevitablemente nos involucramos en los sucesos que ocurren a nuestro alrededor. Este proceso natural nos cansa y en ciertos momentos hasta nos llega a quemar.

A pesar de que la descarga es a veces dramática, rara vez nos damos cuenta de lo que realmente está ocurriendo. Podemos decir cosas como “hoy quiero dormir un poco más” o “esta fue una semana dura” pero no estamos conscientes del grado de recuperación que nuestros cuerpos nos están pidiendo.

La mejor manera de dar lo mejor de nosotros mismos es estar en un estado óptimo emocional, mental, y físico. La única manera de alcanzar este estado es a través del descanso y la recuperación.

Volviendo a la analogía de los electrónicos, por lo menos yo, siempre sé cuánta batería le queda a mi teléfono y a mi computadora. Hasta hace poco no era lo mismo con mi cuerpo y mente. No tenía ni idea de en qué estado estaban y que hacer para recargarlos.

Es extremadamente fácil confundir un desgaste emocional, mental o físico con no querer hacer cosas que usualmente nos gustan hacer, sentirnos abrumados o querer dormir más de lo normal. Cuando constantemente experimentamos este tipo de situaciones lo más posible es que necesitemos recargar.

Para mi recargar usualmente involucra estar solo. Soy una persona extremadamente social pero las interacciones sociales me cansan. Pasar tiempo a solas me repone mucho. Durante ese tiempo solo me gusta leer, ver televisión (documéntales o deportes) y simplemente estar tirado en una cama viendo al techo. Ahora también paso bastante tiempo meditando. Lo que sí ya he identificado es que es ese tiempo a solas lo que más me repone.

Así que, al igual que estamos pendientes de las baterías de nuestros electrónicos, es importante que también empecemos a cuidar la batería más importante que tenemos: nuestra batería humana.

3 días en aguas

Hace unas horas finalmente terminó una travesía de más de 72 horas que puso a prueba mi paciencia. Fue una prueba que me mostró que sin importar cuánto haya avanzado con mis prácticas de meditación siempre hay espacio para mejorar.

3 días atrás empezó mi viaje con una manguera que se rompió a la salida de nuestro calentador de agua. A las 10:15pm. Esa primer etapa del viaje terminó cerca de las 2:00am con nada más que una solución temporal. El trabajo se retomó a las 9:00am del día siguiente y la manguera fue sustituida por una tubería bastante más resistente con un trabajo que terminó al rededor del medio día.

¡Misión cumplida! Ehhhh, no. Alrededor de las 7:00pm de ese segundo día se encendió la bomba de agua. 5 minutos, 10 minutos, 15 minutos. Nada. La bomba seguía funcionando sin señal de quererse detener. Esto indicaba que había otra fuga ya que no estábamos usando agua en ninguna parte de la casa. Todo alrededor del calentador se miraba bien. Después de revisar cada llave de la casa me di por vencido y decidí apagar el flip-on de la bomba e irme a dormir. Hoy pasamos de nuevo el día sin agua tratando de entender por qué la bomba no dejaba de trabajar.

Después de medio día decidí salir a revisar las llaves de agua que están en las tuberías externas de la casa. Me encontré una piscina alrededor de una tapadera que se encuentra en el fondo del jardín. La tubería que viene desde la bomba hacia la casa estaba rota justo en donde entra a la casa por abajo de la fundición.

Bueno, a llamar al plomero de nuevo. Cerca de las 4:00pm volvió a venir. Aunque no sé nada de plomería, sé que el problema no estaba fácil de resolver por el punto en que se rompió la plomería. Para aprovechar la poca luz del sol que quedaba decidimos que él se quedaría tratando de romper la losa para avanzar y yo me iría a comprar el material necesario para la reparación. Me fui camino hacia una tienda que está a un kilómetro de mi casa. Gracias al tráfico regresé hasta una hora después.

Ya trabajando con linternas y sin luz el plomero se lanzó con todo a trabajar. Un par de horas después terminó y todo estaba bien. Nos despedimos y se fue. 5 minutos después, la bomba se volvió a encender. Está vez ya sabía a dónde ir a ver. Mi peor miedo se hizo realidad. Bajo la luz de mi linterna pude ver un piscina muy similar a la que había visto una horas antes. El trabajo no había funcionado.

Llamé de regreso al plomero que afortunadamente estaba aún dentro de la colonia en donde vivo y prontamente regresó. Identificó que el problema era fácil de corregir y había sido nada más que un descuido en apretar unas piezas. 15 minutos más y el agua despareció, el plomero pudo seguir su camino y me travesía de 3 días en aguas finalmente terminó.

Dejar ir

Aprender más. Tener más. Conocer más. Viajar más. Controlar más. Ganar más. Nuestra cultura está fuertemente sesgada a creer que más es mejor. ¿Y si estamos equivocados?

La mayor parte de nuestro tiempo se invierte aprendiendo habilidades y conocimiento que eventualmente está destinado a producir más. Un mejor trabajo, un mejor salario. Un mejor carro y una casa más grande. Recién estoy terminando una plática con un muy buen amigo que me hizo cuestionarme esta manera de vivir más que nunca.

Hablamos durante más de una hora sobre lo valioso que es aprender a dejar ir las cosas. Profundizamos sobre lo importante que es cambiar nuestra manera de pensar al respecto de nuestra relación con el mundo “material”. A través de sus experiencias e historias pude conectar de nuevo con lo valioso que es dejar ir.

Mientras más podemos dejar ir, más libres somos. Mientras más podemos dejar ir, menos cárceles nos pueden encerrar. Mientras más podemos dejar ir, más gozo tendremos en nuestras vidas. Mientras más podemos dejar ir, más podremos sentir. Mientras más podemos dejar ir, más felices seremos.

Un miedo al día

Mientras más lo pienso y reflexiono se me hace tan evidente que la razón por la que mi vida no es todo lo que pudiera ser es por el miedo. Y solo para ser un poco más honesto y responsable —porque yo aún no he aprendido a manejar mis miedos.

Soy una persona que tiene todas sus facultades y ha tenido una cantidad infinita de privilegios a lo largo de su vida. Siempre he tenido todo a mi favor. Y aún así me he quedado corto de alcanzar todo mi potencial tantas veces. No me han hecho falta ni oportunidades, ni capacidad ni, conocimiento. Tan solo me ha hecho falta valor.

También debo reconocer que soy una persona altamente responsable, perseverante y que rara vez se da por vencida. Hoy hago este compromiso público y conmigo mismo de enfrentar por lo menos una cosa que me dé miedo todos los días. Estoy seguro que retar un miedo al día me dará la vida que siempre he querido tener.

La caja de pizza que se convirtió en plato

Desde que tengo uso de memoria recuerdo he comido Pizza Vesuvio. También puedo recordar la icónica caja de medio metro que tanto caracteriza esta marca. Hoy a medio día, en plena reunión con todo mi equipo de trabajo, aprendí algo acerca de esta caja que me maravilló y a la vez me pareció genial.

Antes de contarles sobre la maravillosa invención que hoy descubrí les quiero contar por qué creo que el proceso de cómo lo descubrí es tan importante.

El proceso de transmisión de este conocimiento se dio de manera totalmente orgánica. Alguien más del equipo, que ya sabía sobre la invención, la utilizó de manera totalmente natural y todos los que estábamos a su alrededor nos maravillamos de lo que hizo. Con tan sólo hacer algo que para él era totalmente natural enfrente del grupo nos regalo a todos un importante aprendizaje que ahora podremos usar de ahora en adelante. Estos encuentros casuales son una importante parte del aprendizaje que una organización puede tener. A más encuentros, más aprendizaje.

¿Pero qué fue eso tan maravilloso que hizo esta persona con una caja de pizza? Es algo tan simple que es genial. Todo empezó cuando alguien preguntó, ¿dónde están los platos? Pronto el conocedor del secreto dijo “no se preocupen, la tapa de la caja se puede rasgar y de ahí salen los platos”. Tomó la tapadera de la caja de cartón y empezó a rasgar rectángulos perfectos que pronto compartió con todos. La caja de pizza se convirtió en platos.

El proceso es gradual

Esta es una de las cosas que más me cuesta manejar en mi vida —aceptar que el proceso de mejora es gradual. Me cuesta mucho sentirme cómodo cuando yo o alguien más hace algo por primera vez y el resultado no es “el mejor”.

Por alguna razón que aun no he logrado comprender siento una necesidad muy intensa de que las cosas tengan un alto grado de perfección desde su concepción. Quiero todo de una vez. Me cuesta encontrar comodidad en aceptar que el proceso de mejora es gradual.

Nada en este mundo va de 0 a 100 en un instante. Todo necesita de aceleración y tiempo para llegar a su máxima expresión —especialmente el aprendizaje y la evolución. Tengo que dejar de pretender que yo soy el catalizador que puede romper con esta ley natural.

Sé que esto no quiere decir tolerar un paso de tortuga y el constante tropiezo contra la misma piedra una y otra vez. También sé que llevar un ritmo constante es mucho mejor que hacer un sprint corto e inmediatamente después querer abandonar la carrera. Sé que el proceso es gradual para todo, incluso para poder cambiar mi limitación de querer que todo sea perfecto desde la primer vez.

Lo difícil es bueno

La verdad es que si fuera fácil cualquiera lo podría hacer. ¿Con cuánta gente tendrías que competir si todos pudieran hacer eso que estás soñando construir? Cuando algo es difícil se vuelve escaso y por ende valioso. Que eso que quieres sea difícil es bueno.

Es bueno por qué solo las personas tan dedicadas como tú pueden aspirar a lograrlo. Son muy pocos los que lo pueden lograr. Es bueno por qué usualmente cuando algo es difícil es por qué el resultado vale la pena. La recompensa al final de un camino difícil no solo puede cambiar el mundo, también te puede cambiar a ti para siempre.

Que algo sea difícil es una buena noticia. Quiere decir que estás trabajando en algo te te está poniendo a prueba. Que vas a crecer durante el proceso independientemente del resultado que llegues a tener. Quiere decir que no estás haciendo algo a medias y que estás buscando hacerlo con excelencia. También quiere decir que lo que has decidido hacer es algo importante. Y trabajar en algo importante es lo que le da significado a tu vida. Trabajar en algo difícil te da propósito a ti y a los que trabajan contigo.

El mundo necesita, hoy más que nunca, que haya personas trabajando en los problemas más difíciles que tenemos que resolver. ¿Quién va a coordinar a los vecinos del condominio para que se pueda construir el parque en donde los niños pueden jugar afuera? ¿Quién va a fundar esa empresa que le va a dar empleo a 6 personas muy capaces que hoy están buscando ingresos? ¿Quién va a abrir ese restaurante que incentiva a sus visitantes a comer saludable? ¿Quién va a encontrar la cura definitiva al cáncer? ¿Quién va a componer esa canción que motivará a toda una generación a cambiar el curso de la historia?

Hay muchas cosas difíciles por hacer y por definición hay pocas personas para hacerlas. Mi intención hoy es hacer la difícil tarea de lograr que alguien que lea esto empiece a ver las dificultades que tiene enfrente como buenas noticias y resuelva un problema para que el mundo sea un poco mejor.

Específico no genérico

Si se quiere que un proyecto tenga impacto real en en el mundo específico es mejor que genérico.

Específico nos compromete con algo medible. Genérico nos da un lugar en dónde escondernos.

Específico nos obliga a definir nuestro proyecto y terminarlo. Genérico nos deja encontrar excusas y procrastinar para siempre.

Específico define nuestro mercado objetivo. Genérico es un escopetazo al aire.

Específico requiere de trabajo y dedicación. Genérico no es constante y depende de la suerte.

Específico se puede medir y es concreto. Genérico es ambiguo.

Específico siempre tiene una mate clara y bien definida hacia dónde caminar. Genérico es inconsistente y no tiene dirección.

Específico tiene claramente definido qué es éxito y que es fracaso. Genérico nunca gana ni pierde.

Cuando se quiere lograr algo específico siempre es mejor que genérico.