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Migrante de Marcos Antil

Hace muchos años que leer un libro no me transformaba tanto. Es cierto, nunca podemos regresar a ser la misma persona que éramos antes de leer un libro. Esta vez no es la excepción. La persona que yo era hace tan solo 13 días que empecé a leer Migrante se ve hoy tan distante, desconectada y sin dirección.

Esta biografía que hermosamente detalla una vida llena de adversidad, dolor e infinita esperanza nos enseña que la aceptación de nuestras raíces y la unidad como familias y comunidades pueden con todo. Nada ni nadie las puede detener. Ni siquiera el conflicto interno y las guerras pueden detener a un migrante en busca de un mejor mañana para él y su familia.

Estoy muy agradecido con Marcos por este relato de como un niño, dadas sus circunstancias de vida, se vio en situaciones donde tuvo que tomar decisiones que yo no le desearía ni a mi peor enemigo tener que tomar. Y no solo es esto, la honestidad y transparencia con que Marcos comparte sus emociones, aprendizajes y momentos de debilidad es una invitación a nunca darnos por vencidos. Todas las personas que lean este libro podrán encontrar la fuerza necesaria para seguir adelante en cualquier situación. Y cuando digo cualquier situación, creanme, me refiero a cualquier situación.

Siendo Guatemalteco, aprendí acerca de muchos aspectos de mi país de los cuales solo había escuchado lejanas historias que nunca me llamaron la atención. Me sentí más cerca que nunca de Guatemala y su gente. Debo reconocer que muchas veces, al igual que se menciona en el libro, he menospreciado a mi país y su gente. Esto es algo que quiero “reprogramar” 1 en mí.

El logro y triunfo, que por momentos pareciera inalcanzable durante la historia, resulta ser inevitable gracias a las infinitas contribuciones de generaciones y generaciones. Los recuerdos de llanuras, pueblos, siembras, mascotas y antiguas tradiciones viajan con el migrante a Estados Unidos para acompañarlo en esta aventura que nos recuerda que todo es posible. El relato nos hace evidente que Guatemala es una maravillosa tierra llena de talento, milenarias tradiciones y personas con sueños que nadie podrá frustrar.

Migrante es una obra maestra que todo guatemalteco debiera leer. En especial aquellos de nosotros que estamos en el ecosistema emprendedor.

Todavía estoy tratando de reconciliar como veía a Xumak al haber trabajado 4 años en una oficina 3 pisos abajo de ellos en el Design Center con lo que acabo de leer. No tenía ni idea.


  1. Así es como le llama Marcos al proceso de cambiar nuestros pensamientos y manera de ver las cosas. ↩︎

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Conversaciones difíciles

Las conversaciones difíciles forman parte de la vida cotidiana. Regularmente todos las tenemos. Definitivamente tener estas conversaciones no es agradable, sino no tendría sentido que les adjuntemos el adjetivo de “difíciles”.

En los últimos días he estado pensando mucho en esto. ¿Qué es lo que hace que una conversación sea difícil? ¿De dónde vienen esos nervios y ansiedad que causan nudos en el estomago? ¿Qué diferencia una conversación normal de una difícil? ¿Cómo hacer para tener una buena conversación difícil?

Una conversación es difícil porque queremos dos cosas al mismo tiempo. Por ejemplo, una conversación es difícil cuando le queremos decir a alguien que su trabajo no está a nivel Y no queremos que nos vea cómo exigentes. Una conversación es difícil cuando le queremos decir a nuestra pareja que ya no queremos estar con él o ella Y queremos seguirles agradando. Cuando queremos decirle a alguien que ya no puede trabajar en la empresa Y queremos que nos sigan viendo como una “buena persona”, entonces tenemos una conversación difícil.

Pensemos un momento, al tener un solo objetivo con la conversación, el conflicto desaparece:

Lamento comunicarte que consistentemente no has dado los resultados para los que se te contrato en esta empresa, entonces ya no puedes trabajar acá.

Esta no es una conversación difícil. Es directa, simple y no tiene ambigüedad. No hay carga emocional. El mensaje es fácil de entender y se puede entregar de una manera compasiva y respetuosa. Está atada a un set de expectativas pre-existentes —los resultados esperados en el contrato de la persona—. Puede que sea algo incómoda, pero no es una conversación difícil.

El problema viene cuando se agrega complejidad y un segundo interés: ¿Cómo lo puedo despedir sin que se enoje conmigo? ¿Cómo lo digo para seguirle agregando? ¿Qué excusas puedo dar? Esto ya es una conversación difícil. La tensión viene de la necesidad de querer 2 cosas que en la realidad no pueden coexistir. Escoger solo una resuelve la situación.

Muchas de las conversaciones difíciles nacen por no operar dentro de una cultura con expectativas bien definidas. Al mismo tiempo, un buen porcentaje de estas conversaciones tienen que ver con exigirle más a alguien o pedir cambios de comportamiento. Esto no siempre tiene por qué ser así.

Si un entrenador le dice a su jugador de beisbol que está haciendo mal su movimiento y que debe accionar más con las caderas para batear la pelota más lejos, nadie se va a molestar. Esto no es una conversación difícil. ¿Por qué? Porque ambos quieren que el bateador batee más fuerte. Están de acuerdo en que los dos quieren mejorar. Esa es la cultura bajo la que están operando.

La otra razón por la cual las conversaciones son difíciles es por qué resulta más importante lo que los demás piensen de nosotros que lo que sabemos que tenemos que decir. Si hay algo que se debe decir, hay que decirlo. No puedes esperar decirlo y que los demás sigan actuando igual hacia ti. Especialmente si lo que se debe decir es importante.

Así que para reducir las conversaciones difíciles hay que tener una cultura con expectativa claras y darle prioridad a lo que se debe decir sobre la reacción de la otra persona. No se pueden tener las dos cosas.

Millones de incentivos

Cuando una empresa crece, los negocios y las relaciones que se deben manejar se vuelven más complejas. Así es. Tan solo es una verdad que se puede encontrar en la naturaleza. Mayor tamaño ➡️ mas complejidad.

El crecimiento de un negocio usualmente —aunque no siempre es así— se ve acompañado de un crecimiento en “head count”1.La cantidad total de personas que trabajan para una empresa.; también la cantidad de clientes que se atienden aumenta. El tamaño y el número de proveedores que se requieren para satisfacer las necesidades del mercado incrementa. En dos platos, al crecer se involucran exponencialmente más personas.

Cada persona es su propio mundo y las situaciones económicas con que cada uno debe lidiar son únicas. A las situaciones económicas les debemos agregar el componente emocional. No se puede olvidar que la relación del ser humano con el dinero es extremadamente emocional.

En los negocios —fuente principal de ingresos de todos los involucrados— los incentivos son extremadamente fuertes. Las emociones que se experimentan pueden llegar a ser muy intensas; el desempeño profesional determina el bienestar económico de las personas y sus familias.

En este mundo no se puede llegar muy lejos sin entender los incentivos de las personas con que se está trabajando. Ya sea que estas personas estén en tu equipo o en el equipo de alguien más, si no tienes claro sus incentivos, no lograrás mayor avance.

Una de las barreras más grandes para poder descubrir los incentivos de otras personas es que asumimos que lo demás tienen exactamente los mismos incentivos que nosotros. Esto no es cierto. Cada persona tiene sus propios incentivos. Cada persona es un mundo.

Para tener más éxito, empieza por entender los incentivos de todos los involucrados. ¿Que los motiva? ¿Realmente van detrás de lo que crees que están buscando o quieren algo más? ¿Que es lo que los mueve? Entiende por qué realmente están haciendo lo que están haciendo y recuerda que rara vez tendrán los mismos incentivos que tú.

Referencias   [ + ]

1. La cantidad total de personas que trabajan para una empresa.

Matrimonio y mercadeo

El gran Seth Godin cuenta una gran historia en su libro “Permission based marketing” en la cual compara el mercadeo y el matrimonio.

La historia va algo así.

Se dice que hay principalmente dos maneras de conseguir pareja con quien casarse. Una de ellas es la mas tradicional con la que la mayoría de nosotros nos sentimos más familiarizados y la otra, aunque resulta algo extraña, también existe como opción.

La opción tradicional consiste en primero conocer a una persona con la cual hay una atracción inicial mutua. Para efectos de la historia digamos que se conocen en un bar. Si después de la primer cita ambos consideran que vale la pena seguir desarrollando la relación, se volverán a ver.

Con el paso del tiempo, gracias a la comunicación constate y sincera acerca de temas relevantes, la confianza crecerá en la relación. El permiso de aprender más acerca de la otra persona cada vez será mayor por la confianza y la comunicación. La relación se va estrechando hasta que finalmente después de algún tiempo llega el matrimonio.

La segunda y no tan popular opción de conseguir pareja para matrimonio es bastante más simple y también empieza en el tradicional bar.

Imaginen a este hombre que entra al bar y escoge la primer mujer que ve al azar, se le acerca y le dice “¿te quieres casar conmigo?” Si bien le va, la respuesta será un rotundo “no”. Inmediatamente se da la vuelta hacia la siguiente mujer que ve y repite la pregunta. Otro no. La siguiente. No. Y así cien veces cada noche hasta que después de miles de intentos llega el día en que alguien, sin nadie saber por qué, le dice que si. Tenemos boda!

“Hay dos maneras de de casarse y hay dos maneras de mercadear”, escribe Seth en el libro. El mensaje principal es que se puede desarrollar una relación basada en permiso y confianza con una audiencia a través de la entrega de una serie de mensajes personales, anticipados y relevantes. A esto Seth le llama “mercadeo basado en permiso”.

Las demás maneras de mercadear se pueden comparar con la segunda forma que vimos para conseguir matrimonio. A estas típicamente se le conoce como Spam.

La travesura del mortero y la pasta de dientes

Habré tenido unos diez u once años de edad. Lo suficiente para haber aprendido a tenerle miedo a mi papá —lo escribo en tiempo pasado pues él ya murió. Él era my enojado.

Quemar “cohetes”, “canchinflines y ”morteros» son otras de las cosas que también había aprendido a esa edad. Lo que estoy a punto de relatarles asumo que ocurrió en un mes de diciembre pues el olor a pólvora y los recuerdos de las vacaciones del colegio pintan de alegría la memoria.

Lo recuerdo bastante bien. Al día siguiente íbamos a salir de viaje con la familia. Ya era tarde y la tradicional puesta del sol de fin de año ya estaba sobre él redondel al final de la cuadra en donde crecí.

— “Salí a jugar, tenemos cohetes y morteros para quemar!”, gritaban mis amigos desde afuera.

— “Mamá, ¿puedo salir?”, pregunté con timidez, sabiendo que la respuesta probablemente sería “no”. Mi mamá era —de nuevo en pasado pues ella también ya murió— una persona muy nerviosa y el hecho de que al día siguiente salíamos de viaje no iba a ayudar. No me equivoqué.

Pero los nervios de mamá me ayudaron. Estaba tan ensimismada con preparar los últimos detalles de nuestra salida que rápido me di cuenta que iba a poder salir sin que se diera cuenta. Decidí tomar el riesgo.

Así que unos minutos después ya estaba afuera en aquel redondel que me vio crecer. Sin permiso y a escondidas me uní a mis amigos a literalmente jugar con fuego. Y como bien lo dice el dicho popular, “el que juega con fuego, tarde o temprano se quema.”

Lo recuerdo tan claramente. La repetición me había hecho un poco más temerario. Nada malo me podía pasar. Empecé con “volcancitos”, luego seguí con los “canchinflines” y “cohetes” para finalmente graduarme a los “morteros”.

Todavía lo puedo ver en mi mano. Un triangulo de papel periódico con pólvora compactada con mucha presión en su centro. La mecha colgaba de un vértice del triángulo color rojo.

Así que prendí la mecha pero justo cuando lo iba a lanzar pasó un niño del vecindario en su bicicleta frente a mí. No sé si fue el miedo, instinto o una combinación de ambos pero verlo pasar me paralizó. Tan solo recuerdo ver la mecha encendida consumirse demasiado rápido y luego escuchar una ensordecedora explosión. Cerré los ojos y luego sentí el olor a pólvora. No quería abrir los ojos.

El dolor. En mi mano era tremendo. Era una mezcla entre ardor y el dolor tan característico de una quemadura. Abrí los ojos y voltee a ver. El mortero ya no estaba en mi mano. Había sido reemplazado por el rojo de la carne viva abajo de la piel de mi mano.

Esto era algo imposible de esconder —al menos eso pensaba yo en ese momento— así que decidí ir a casa, confesar la travesura y aceptar las consecuencias.

Mi mamá no lo podía creer. Tenía mucho miedo. Pero su miedo no tenía nada que ver con lo que le pasaba a mi mano, ella ya tenía un plan para arreglar eso. El miedo era cómo iba a reaccionar mi papá. Como ya les dije, era extremadamente enojado y aparte de todo, al día siguiente salíamos de viaje.

“Tu papá no puede saber de esto”, me dijo. “Si se entera nos mata a los dos”.

— “¿Pero qué vamos a hacer? Me duele mucho”, logré sollozar entre mis llantos. «¿Quién me va a curar?

— “No podemos ir al doctor por que tu papá se daría cuenta”, respondió mamá. “Así que yo te voy a curar. Yo sé que vamos a hacer. Te voy a echar pasta de dientes en la herida para que te deje de doler y empiece a cicatrizar.”

Honestamente les puedo decir que al día de hoy no tengo la más mínima idea si la pasta de dientes es algo que se usa para tratar las quemaduras. Lo único que sé es que el miedo que los dos sentíamos en ese momento era más grande que el dolor de mi mano y que el riesgo que mamá decidió tomar al curarme con un remedio casero.

Sea como sea, la pasta, 32 años después, parece haber funcionado. No dijimos nada y yo me aguanté el dolor durante todo el viaje. Pasé disimulando mañana tarde y noche. El viaje terminó y regresamos a casa. Mi papá nunca supo lo que pasó y mi mano no tiene cicatriz alguna que evidencie lo que sucedió.

Se podría decir que la historia del mortero y la pasta de dientes siempre estuvo entre mi mamá y yo. Hasta hoy.

Tonos de Gris

El emprendimiento es una montaña rusa de emociones que puede hacer que hasta el más valiente se quiera bajar llorando. En los negocios nada es definitivo, todo tiene distintos matices. Suena bastante parecido al juego de la vida, ¿no?

En más de 25 años de estar emprendiendo —todos ellos en el área de tecnología— he aprendido mucho. Que funciona, que no funciona, como comportarse en que situaciones, que hacer, que NO hacer, etc. ¿Saben qué es lo más importante que he aprendido en todo este tiempo?

Lo más importante que he aprendido es que tanto la vida como los negocios se deben experimentar en tonos de gris. Nunca en blanco y negro, como tanto nos gusta hacerlo a la gran mayoría de personas.

Blanco y negro se refiere a que lo que está en discusión tiene que ser extremadamente bueno o terriblemente malo. Algunos ejemplos son: “Esto nos va a llevara la bancarrota o esto nos va a llevar al siguiente nivel exponencial de facturación”, “Todos en mi familia están dispuestos a dar su vida por mi por tanto que me quieren o todos en esta casa darían lo que sea por qué yo me fuera de aquí”, “Este cliente nos va a comprar 100% de sus pedidos solo a nosotros o este cliente nunca más volverá a hacer negocios con nosotros.” Este tipo de cosas.

Como se hace evidente al leer estos ejemplos un tanto dramáticos, casi nada en el mundo real es así de extremo. La mayoría de situaciones usualmente caen dentro de los límites extremos que creamos en nuestra imaginación.

Por ejemplo, un evento externo a la empresa puede ser que reduzca o aumente la facturación. La probabilidad de que un evento inmediatamente vaya a destruir una empresa —fuera de situaciones excepcionales como esta del Covid–19— es relativamente baja. Lo mismo sucede con el enunciado de llegar al siguiente nivel de facturación exponencial de un día al otro. Es muy poco probable que esto suceda debido a un solo evento.

Aunque mucho de esto se comprende a nivel intelectual, ustedes eran los primeros en decirme que no me equivoco al decirles que no se siente así. Muchos de estos eventos se sienten como de vida o muerte o, para volver a la analogía, los experimentamos en blanco y negro.

Y es acá en donde entran los tonos de gris. Todo lo que ocurre, tanto en la vida como en los negocios, inclina un poco la balanza. Rara vez algo es 100% determinante. Es por esto que el enfoque siempre debe estar en poco a poco mover la aguja hacia dónde se quiere llegar.

Cuando algo en contra ocurre nunca es el fin del mundo. Cuando el viento sopla a tu favor tampoco quiere decir que ya has llegado. Tan solo quiere decir que la tonalidad de la situación ha cambiado. Ajusta tus planes de acuerdo. Aprende a ver los distintos tonos de gris.

¿Quién da el primer paso?

Hay situaciones complejas que se dan en todos los momentos de la vida. Estas van desde los pequeños problemas en que se meten los niños con sus travesuras hasta las terribles encrucijadas de vida o muerte que a veces nos tocan vivir cuando somos adultos.

No importa que tanto las tratemos de evitar, estas situaciones se estarán presentando una y otra vez a la puerta de nuestras vidas. Son parte de estar vivos.

Rara vez estas situaciones pueden ser resueltas por una sola persona a la vez. Usualmente la resolución de algo así requiere de colaboración. Y la colaboración a su vez requiere de alguien que empiece a tomar acción.

En realidad lo que muchas veces pasa es que cuando algo así está ocurriendo y varias personas están involucradas, muchos optan por esconderse detrás del el anonimato de la muchedumbre y esperar que alguien más resuelva la situación.

El problema de esta manera de operar es que se crea una carrera para ser el ultimo en actuar. Nadie quiere hacer nada mientras todos esperan a que alguien más tome cartas en el asunto.

Está claro que pensar así detiene considerablemente la resolución de problemas y limita las posibilidades de encontrar una pronta solución.

El otro lado de la moneda es estar dispuesto a dar el primer paso, siempre. Es dejar de sentarse para esperar a ver quién va a ser el valiente que va a levantar la mano de primero. Es decir “yo” cuándo se necesita.

Quienes hayan visto o leído el libro de el “Señor de los anillos” podrán recordar la escena cuando la comunidad del anillo se está formando en Rivendel. Todos están en una gran discusión inútil sobre quién debiera llevar el anillo a Mordor hasta que Frodo con gran humildad y miedo en su rostro dice “yo lo llevaré”. A esto es lo que me refiero con decir “yo”.

Dejemos por un lado el miedo, la flojera y las ganas de pasar desapercibidos. Cambiemos todo esto por el poder de tomar acción, ser protagonistas en nuestras propias vidas y hacer todo lo que se pueda dentro de nuestro rango de acción.

La proxima vez que no esté claro quién va a dar el primer paso, recuerda que la respuesta correcta siempre es “yo”.

Hay una distancia

Siempre hay una distancia entre lo que quiero ser y lo que realmente soy. En muchos momentos no cumplo con quién en mis sueños quisiera ser. Soy humano.

Qué doloroso es poder ver que esa distancia siempre estará ahí; pero a la vez, poder verla es el primer paso para algún día poderla destruir. La única manera de llegar a donde quiero estar es primero aceptar en donde estoy.

Puede ser que la parte más difícil del camino sea precisamente esta —aceptar abiertamente en donde estoy. Hay un cierto orgullo que pelea sin descanso y no me deja ser quien pudiera ser. Forcejea, lucha y no me deja en paz. Quiere salirse con la suya y hacerme creer que ya llegue a un lugar que ni siquiera puedo ver desde acá. Hoy, el tiene el control.

Si, es este orgullo lo que me tiene atado a no poder ser quien pudiera llegar a ser. Es este orgullo el enemigo que debo derrotar para alcanzar todo mi potencial. No lo puedo dejar ganar, especialmente ahora que veo esa distancia en todo lugar. Quiero ser todo lo que puedo ser; tanto para mí como para aquellos a mi alrededor.

Entre todo este dolor tengo la esperanza de que este temible enemigo se puede vencer. Al final, que es el orgullo sino solo una creencia de que somos diferentes, mejores de lo que realmente somos.

El camino es la aceptación. Aceptar que si, hay una distancia entre como soy y cómo quisiera ser. Aceptar que me falta camino por recorrer. Aceptar que tengo miedo de verme como soy. Pero también aceptar de que he hecho lo mejor que he podido con buenas intenciones en el corazón.

A seguir reduciendo la distancia….

Lo maravilloso de recordar

Hoy fue un día lleno de recuerdos. Estuve trabajando una buena cantidad de horas en Catharsis, un disco que fue grabado hace 21 años —en junio de 1,999 para ser exactos.

Estoy preparando el disco para ser liberado en todas las plataformas de streaming digital que hoy existen. Una parte elemental del proceso fue escuchar en detalle todas las canciones. Me volví a encontrar con canciones que no había escuchado en más de 15 años. Esto es demasiado tiempo. Mas considerando que esas canciones las compuse y grabé junto a dos de las personas más importantes en mi vida.

No hay palabras que puedan describir la capacidad que tiene la música de transportar los sentidos a otro tiempo y lugar. Así que hoy gracias la música me puse a recordar.

Dediqué una buena parte de la tarde a recordar amigos, lugares y una etapa de mi vida que fue muy especial. Mientras más rienda suelta le daba a la memoria, los recuerdos cada vez más parecían pertenecer a una vida anterior. Casi como que si no hubiera sido yo el que los vivió.

Pero si fui yo el que estuvo ahí. De eso no hay duda. Lo que sucede es que con el paso del tiempo cambiamos. Nuestras vidas y entorno cambian. Algunos nos casamos, tenemos familia y nos sumergimos en el trabajo. Con el paso de los años nos vamos distanciando cada vez más de la persona que una vez fuimos. Al punto que —si llega a pasar suficiente tiempo— podemos llegar a creer que la persona que protagoniza nuestros recuerdos fue otra.

Pero debemos recordar de dónde venimos y sentirnos orgullosos de las personas que fuimos. Es parte de quienes somos hoy. Cada uno de esos momentos nos dio forma y nos marcó para siempre. Al menos, así siento que fue para mí.

Aún en este momento que estoy escribiendo esto sigo recordando a estos dos amigos con los que tuve la fortuna de compartir una adolescencia llena de música, sueños y descubrimiento interior. Ellos me enseñaron vivir.

Y si, como lo viví hoy, recordar puede llegar a doler. Pero el dolor no necesariamente es malo. El dolor es una señal de que algo nos importa. Y vaya que aquellos dos amigos son una importante parte de mi vida. Es irrelevante que uno de ellos ya no esté acá. Aún me sigue importando.

Y eso es lo maravilloso de recordar: Qué puedes estar cerca de alguien que ya no esté acá.

Prohibidos los niñeros

La función principal de un líder de equipo —prefiero ese término a el de gerente— es guiar y verificar el trabajo de su equipo. El líder debe tomar las decisiones difíciles y definir los estándares que el equipo debe cumplir.

Cualquier evaluación objetiva de un líder de equipo se debe hacer en base a 2 criterios, y 2 criterios nada más:

  1. ¿El equipo de el líder está logrando los objetivos que la empresa necesita?
  2. ¿El líder está logrando retener a el personal que conforma su equipo?

El primer punto es obvio. Si el equipo de un líder no está logrando los objetivos que la empresa necesita, el líder no está dando los resultados esperados.

El segundo punto está diseñado para lograr un cumplimiento de objetivos que sea sostenible en el tiempo. De nada sirve estar cumpliendo los objetivos hoy sí se está desmotivando tanto a la gente que mañana se van a querer ir. Debe existir un balance.

Ahora que ya dimos un repaso a lo que un buen líder de equipo debe hacer, podemos pasar a hablar del rol del líder en un ambiente de trabajo remoto.

Uno de los más fuertes argumentos que hay en contra del trabajo remoto es que las personas van a ser menos productivas. Se argumenta que la calidad de el trabajo va a ser inferior por la falta de constante supervisión. Prohibidos los niñeros.

Si la función principal de un líder se limita a guiar y verificar el trabajo de su equipo, entonces su equipo debe producir trabajo de calidad y ser productivo SIN la necesidad de constante supervisión. Ya sea que el equipo esté trabajando en la oficina o remoto. Eso da igual.

La función de un líder NO es estar detrás de su equipo como el papá que está detrás del niño que no quiere hacer sus tareas en cuarentena —¿alguien se puede relacionar? Si este fuera el caso el último de los problemas que hay es el trabajo remoto. Existe un problema más profundo que solucionar.

Por favor, dejemos de culpar al trabajo remoto. Reconozcamos que para qué una organización sea eficiente los equipos deben de producir resultados sin supervisión constante. No importa en dónde estén trabajando.

Prohibidos los niñeros…