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Categoría: reflexión

Solo porque puedes

A travez de la historia de la humanidad se han escrito miles de relatos —tanto reales como ficticios— cuyo tema principal es el poder. Uno de los ejemplos mas prevalentes es el Anillo de Giges.

Aquellos de ustedes que hayan leído La República de Platón recordarán que se menciona este anillo como un artefacto mítico que le otorga el poder de desaparecer cuando quiera a su dueño. (¿Alguien más pensando en El Señor de los Anillos?).

En el contexto de La República, el anillo se utiliza para cuestionar si una persona inteligente sería justa incluso cuando no tuviera miedo alguno a las consecuencias de desarrollar una mala reputación por cometer injusticias (ser invisible). Es decir, cuenta con poder absoluto.

Es difícil de poder relacionarse de manera directa con tener esta magnitud de poder. Pero se puede tratar. Se puede empezar preguntándose ¿Cómo me comportaría yo si mis acciones no tuvieran consecuencias? ¿Qué límites me pondría yo mismo si nadie más me pudiera limitar? Suena tentador, ¿no?

La realidad es que en nuestras vidas todos nos encontramos en situaciones que, aunque a primera vista no parecieran tener similitud, sí resultan ser muy similares. Por ejemplo, si le grito y le falto el respeto a un empleado por que soy su jefe y sé que el no va a decir nada por qué necesita el trabajo, ya estoy jugando con fuego.

A lo que quiero llegar es que debemos estar muy atentos a la dinámica de poder que se esté manejando en cualquier momento. Las dinámicas de interacción humana son muy complejas y todos estamos sujetos a sentirnos muy poderosos o indefensos en cualquier instante.

Ignorar esta realidad del poder lleva a consecuencias que, aunque muchas veces no se cree que existan, son reales y pueden ser llegar fatales —ver caso George Floyd.

En caso de cualquier duda, la mejor regla a seguir es bastante simple… Solo porque puedes hacer algo, no significa que debas hacerlo.

La maravillosa red

El internet es una maravillosa red de computadoras que prácticamente ha interconectado al mundo entero en tiempo real. Es probablemente el invento tecnológico más trascendental en la historia de la humanidad. Pero este post no es acerca del Internet, este post tratará de una red aún más poderosa.

¿Qué red podrá ser más poderosa que una red de computadoras que ha transformado todas las industrias del planeta incluyendo el entretenimiento, el comercio, la música, las noticias y cualquier otra cosa que se nos pueda ocurrir?

La única respuesta sensata que hay es la red de seres humanos que estamos vivos en este momento. No puedo imaginar el Internet siendo de mucho valor si no hay personas interactuando sobre la red. Tampoco puedo imaginar alguna tecnología que pueda reemplazar lo valioso que son las conexiones humanas.

No hay red digital que pueda, en un chasquido de dedos, recuperar todas las sutilezas de una relación que ha sido interrumpida por varias décadas y que permita retomar la conversación como que si nunca se hubiera perdido contacto.

Es esta capacidad de conexión e interacción que tenemos los seres humanos entre nosotros lo que crea red más maravillosa del mundo. Todo lo demás que hemos y vamos a construir con tecnología, tan solo sirve para amplificar las relaciones humanas que hemos sabido manejar desde hace millones de años atrás.

Prisionero de la rutina

4:45 am. Un sonido extraño suena a lo lejos. Tiene un ritmo constante que me recuerda la primer oficina en donde trabajé. No sé si aún estoy durmiendo o ya desperté. No puedo seguir ignorando que algo fuera de lo normal está pasando. Finalmente veo mi teléfono. 4:49am.

“Igual ya solo faltan 11 minutos para las 5:00”, me dije somnoliento. “Voy a ir a ver qué es ese ruido.” No tuve que ni salir de la cama para reconocer que era el ruido que me despertó; tan solo necesitaba recuperar un poco la conciencia. Pronto también supe por qué el sonido lejano me recordaba de la primer oficina en que trabajé.

Hubo un corte de electricidad y la alarma del UPS de la computadora de la casa estaba sonando. “Perfecto, son las 4:56 am y no hay electricidad”, refunfuñe en mi interior. Camine hacia el estudio en donde está la computadora, apagué el UPS, abrí el estuche donde guardo mis lentes para leer, me los puse lentamente, prendí el Kindle y me senté en el sillón en donde durante los últimos 4 meses he empezado todos mis días leyendo.

No podía dejar de pensar en aquella primer oficina en donde empecé aquella empresa hace más de 25 años. Puedo jurar que el sonido del UPS que me había despertado 15 minutos antes es idéntico al que sonaba tantas veces cuando perdíamos la electricidad en aquella pequeña habitación llena de servidores.

El delicado sonido de la lluvia, que tiene ya más de 7 días de no parar, me regresó de aquella oficina al sillón en donde estaba terminando de despertar. Enfoqué mi vista y mi concentración en el Kindle y empecé a leer.

Pasaron los minutos y me fui metiendo cada vez más en la lectura. La concentración no duró mucho. Como un relámpago en plena tempestad, una sensación de que algo hacía falta se apoderó de mi cuerpo. Era una sensación de que algo hacía falta, algo no estaba bien. Hacia falta el café.

Subconscientemente, al saber que no había electricidad, decidí no bajar a preparar café y fui directamente al estudio a apagar el UPS. Retome mi rutina de todas las mañanas al sentarme a leer pero hacía falta la primer parte, la taza de café.

A partir de este momento no pude seguir. Se me dificultó muchísimo seguir leyendo. Mi mente se debilitó y no pude dejar de pensar en cuando iba a regresar la electricidad para poder hacer el café. Caí prisionero de mi rutina.

Las rutinas tienen muchos beneficios. Nos dan familiaridad y permiten que seamos muy eficientes para hacer actividades en las que mejoramos con la práctica.

Sin embargo, como con todo en la vida, se debe tener precaución. Si no tenemos cuidado, podemos caer prisioneros de nuestras propias rutinas. Es en ese momento que la rutina ya no nos sirve a nosotros. Nosotros empezamos a servirle a la rutina.

Yo diseñé mi rutina de la mañana para tener un tiempo para mi crecimiento, aprender y poder reflexionar. Hoy caí preso de la rutina y por eso pasé más de una hora de ansiedad esperando que regresará la electricidad para poder completar la rutina.

A la larga, que importa más, ¿completar la rutina u obtener lo que queremos lograr con ella?

El paso del tiempo

Sin piedad y con la misma constancia de el agua que pacientemente se ha abierto paso desde el principio de la eternidad, el tiempo sigue su marcha sin voltear a ver atrás.

Pasan los días, los años y seguimos tan distanciados de nosotros mismos que no recordamos que el tiempo existe y está siempre presente. Pero tarde o temprano llega el momento en que algo, por sutil que sea, nos despierta y nos alerta una vez mas de su presencia. “¿De verdad eso fue hace tantos años?”, nos empezamos a preguntar.

Y es en estos momentos que recordamos la importancia de despertar. Empezamos a apreciar de nuevo todo lo que hemos podido vivir y cada experiencia que ha dejado su huella en la historia de nuestro existir. Nos conectamos y empezamos a sentir. Ponemos atención y estamos presentes con el mundo que nos rodea. Nos sentimos vivos por qué recordamos que en cualquier momento podemos morir.

Gracias al paso del tiempo es que tenemos la oportunidad de construir nuestras vidas. Somos nosotros los que muchas veces pasamos años viviendo sin realmente vivir —desconectados. El paso del tiempo no se detiene y la vida avanza, queramos o no.

El precio de dejar escapar los días que se nos regalan es alto, extremadamente alto; nunca vale la pena. Sin importar lo doloroso que sea el momento, no lo dejes ir. Vuélcate sobre el regalo más preciado que se nos ha entregado a todos: el paso del tiempo.

El arte de comprender

Estamos rodeados de grandes misterios. La ciencia y la tecnología moderna han ayudado a comprender un pequeño porcentaje de lo que realmente ocurre a nuestro alrededor. Cada vez más se está empezando a comprender lo incomprensible.

Esta capacidad de comprender el universo que nos rodea ha mejorado infinitamente la calidad de vida de nuestra especie. Es maravilloso que comprender no solo esté reservado para los grandes científicos como Galileo y Albert Einstein. Comprender es para todos. Está a la disposición de todos aquellos que sean suficientemente humildes para embarcar en la búsqueda de la verdad.

Comprender es preferir recibir una sorpresa que obtener una respuesta. Es hacer preguntas con una genuina curiosidad que busca encontrar lo que antes se desconocía. Es sentirse cómodo con la incertidumbre y aceptar las cosas como realmente son.

Para comprender es indispensable dominar la práctica del cuestionamiento, es decir, hacer preguntas. Hay 2 tipos de preguntas que podemos listar a un nivel general: las preguntas internas que nos podemos hacer a nosotros mismos y las preguntas que le podemos hacer a otras personas.

Una de las preguntas más importantes que existe es ¿cómo sé que esto es verdadero? Esta pregunta es extremadamente poderosa por qué activa al cerebro a buscar más información acerca de algo que ya se dio por sentado como verdadero. La gran mayoría de veces se concluirá que no se tiene suficiente evidencia para poder afirmar el hecho como verdadero. En este punto aún no se ha comprendido. Tan solo se cree haber comprendido.

Preguntar detona un dialogo, ya sea con uno mismo o con otra persona. “La calidad de tus preguntas determina la calidad de tu vida”, escribe Tony Robbins. Es cierto. Si se hacen las preguntas correctas, entonces se puede mejorar.

La limitación más grande a hacer buenas preguntas es creer que ya se tienen todas las respuestas. Preferimos no cuestionar y vivir engañados que cuestionar y reconocer que estamos equivocados. Por eso es tan importante la pregunta ¿cómo sé que esto es verdadero? Si se empieza por cuestionar lo que ya se cree saber, nuevas y mejores preguntas necesariamente seguirán. Tarde o temprano llegaran las respuestas que nos llevan a comprender.

El arte de comprender está en cuestionar. En aprender a hacer mejores preguntas. En poder suspender por un momento la necesidad de tener todas las respuestas y cuestionar. Puede ser que las respuestas que obtengamos nos sorprendan y entonces sabremos qué hemos comprendido.

Hay una distancia

Siempre hay una distancia entre lo que quiero ser y lo que realmente soy. En muchos momentos no cumplo con quién en mis sueños quisiera ser. Soy humano.

Qué doloroso es poder ver que esa distancia siempre estará ahí; pero a la vez, poder verla es el primer paso para algún día poderla destruir. La única manera de llegar a donde quiero estar es primero aceptar en donde estoy.

Puede ser que la parte más difícil del camino sea precisamente esta —aceptar abiertamente en donde estoy. Hay un cierto orgullo que pelea sin descanso y no me deja ser quien pudiera ser. Forcejea, lucha y no me deja en paz. Quiere salirse con la suya y hacerme creer que ya llegue a un lugar que ni siquiera puedo ver desde acá. Hoy, el tiene el control.

Si, es este orgullo lo que me tiene atado a no poder ser quien pudiera llegar a ser. Es este orgullo el enemigo que debo derrotar para alcanzar todo mi potencial. No lo puedo dejar ganar, especialmente ahora que veo esa distancia en todo lugar. Quiero ser todo lo que puedo ser; tanto para mí como para aquellos a mi alrededor.

Entre todo este dolor tengo la esperanza de que este temible enemigo se puede vencer. Al final, que es el orgullo sino solo una creencia de que somos diferentes, mejores de lo que realmente somos.

El camino es la aceptación. Aceptar que si, hay una distancia entre como soy y cómo quisiera ser. Aceptar que me falta camino por recorrer. Aceptar que tengo miedo de verme como soy. Pero también aceptar de que he hecho lo mejor que he podido con buenas intenciones en el corazón.

A seguir reduciendo la distancia….

Como nos veíamos unos meses atrás

Tan solo hace unos cuantos meses atrás todo era diferente. Yo era diferente. Tú eras diferente. El mundo ha cambiado tanto que cuesta reconocerlo; a estas alturas probablemente nosotros también ya somos irreconocibles.

El ser humano tiene una capacidad casi infinita de adaptarse a su entorno. Los seres humanos se han adaptado a vivir en todo tipo de ambientes como: cárceles, desiertos sin agua, planchas de hielo con solo 6 meses de sol al año, lujosos apartamentos, trincheras en la guerra, junglas en el amazonas y zonas rojas que no debieran existir.

Por supuesto que no debe ser una sorpresa que después de 2 a 4 meses de cuarentena ya estamos adaptados a las nuevas condiciones de vida que el Covid–19 vino a imponer.

Estoy convencido que estás nuevas condiciones de vida en pandemia traen los regalos de grandes lecciones y aprendizajes escondidos en su interior. Recordemos que:

  • Hace unos meses atrás nos poníamos histéricos por qué un paquete de Amazon estaba 1 día atrasado. Hoy nos damos cuenta que aparte de estar un poco incómodos, podemos ir al supermercado en un horario restringido.
  • ¿Recuerdan lo enojados que podíamos ponernos con el retraso de 30 minutos de un vuelo internacional? Hoy podemos aceptar pasar meses sin ver a algunos de nuestros seres más queridos.
  • A principios del 2020 podíamos escupir bilis por que nuestro equipo favorito había perdido y no iba a jugar en la final. Hoy nos damos cuenta que podemos pasar más tiempo conversando con la familia en el fin de semana y que la cancelación de los eventos deportivos no fue el fin del mundo.

En fin, no quiero menospreciar todas las cosas importantes que cada uno de nosotros aprecia y que ha perdido. Pero tampoco puedo ignorar lo “mal acostumbrados” que estábamos a que todo estuviera a nuestra disposición en todo momento.

Estoy aprendiendo que puedo vivir muy bien y muy feliz con mucho menos. Especialmente cuando me detengo a pensar en todos aquellos mucho menos afortunados que yo.

No puedo hablar por los demás, pero si yo me veo como estaba unos meses atrás, debo confesar que me veía como un niño “berrinchudo”.

¿Me quisieran dejar un comentario con cómo se veían ustedes unos meses atrás?

El hombre que volvió a ver el color

Fueron tiempos de gran incertidumbre. Una época difícil en la que todo parecía una macabra historia pintada en tonos de gris. Los mercados estaban vacíos y las personas que vagaban por las calles iban cabizbajas sin una pizca de esperanza en su corazón. El pueblo entero, silencioso como un funeral, marchaba solemnemente hacia un final que no tenía qué ser.

Tanta destrucción y tristeza que se podía evitar. Las cosas no tenían por qué ser así. Es cierto, la incertidumbre se respiraba en el aire pero la situación no tenía por qué extirpar la vida y las ganas de luchar de toda una población. La mejor manera de combatir en contra de la incertidumbre no era la desesperanza. ¡Al contrario! El único camino hacia adelante era volver a ver el color.

“Cuando las cosas son inciertas y el camino a seguir es más gris de lo que quisiéramos, tenemos que dejar el miedo por un lado y empezar a actuar”, pensaba el único hombre del pueblo que todavía podía ver el color. Él era la última esperanza de aquel pueblo que ya se había dejado morir.

“Es maravilloso ver cómo una pequeña semilla con el paso de los siglos se convierte en un majestuoso roble que ni los más fuertes vientos pueden doblegar”, se decía a sí mismo. “Lo mismo sucede con la semilla de la incertidumbre sino se corta a tiempo y en la mente se deja crecer”, se volvió a recordar.

Así que con esos pensamientos en el corazón se levantó en cuerpo y espíritu. Dio el primer paso, sin importar si era en la dirección correcta, y siguió caminando. Con cada paso ganó fuerza y confianza. Con cada acción fue moldeando un poco más la incertidumbre y con su voluntad le dio forma a su destino. Con su entusiasmo contagió a sus compatriotas y juntos lograron salir adelante.

Todo volvió a estar bien gracias a un solo hombre que en la incertidumbre volvió a ver el color.

La gran pausa

Así es como recordaré este momento congelado en el tiempo. Como “la gran pausa.” Una pausa que al parecer yo y la naturaleza necesitábamos para poder seguir adelante. Un poco de tiempo para reflexión, cambio y renovación. Un preciado momento para planear con mucha intencionalidad lo que pudiera ser el resto de mi vida.

“No es a la muerte a lo que un hombre le debe temer,” nos recuerda Marco Aurelio, “a lo que en realidad le debe temer es a nunca empezar a vivir.” Con esta pausa llega el cambio de ritmo necesario para encontrar lo que esa nueva vida pudiera ser.

Es importante en este momento, antes de seguir adelante, aclarar que no pudiese haber tenido una experiencia de vida más satisfactoria que la que he tenido hasta el día de hoy. No quisiera cambiar nada de lo que he vivido y podido construir en estos 44 años. Siento un profundo agradecimiento por la vida que he podido tener.

Sé que encontrar este siguiente nivel de vida no es algo fácil de hacer. Solo porque el ritmo de vida ahora es un poco diferente no quiere decir que las respuestas mágicamente aparecerán frente a mí. Descubrir lo que realmente es importante para uno es de las cosas más difíciles que podemos hacer.

Hay bastante trabajo por delante. Se requerirá de mucha introspección y honestidad interior; estrategia, táctica y una búsqueda de claridad. Tengo muchas preguntas pendientes por responder y diferentes caminos por evaluar. Siento cambio venir en el viento que sopla en las calles que están vacías, durante “la gran pausa”.

Pobre araña

No lo puedo creer pero me estoy sintiendo mal por una araña. Nunca he sido una persona que sienta afecto por las arañas. No me disgustan per tampoco les «tengo cariño». Los demás animales, eso es otra historia.

Hace una media hora vi la araña por la que me estoy sintiendo mal en mi baño. Mi esposa y mi hijo detestan las arañas. «No quiero drama por esto», pensé. «Mejor la voy a sacar para que nadie se moleste y la araña pueda seguir su vida afuera.»

Resulta ser que en mi intento de sacarla de la casa la asusté y se escondió en la ranura de la puerta. Sentí mucha frustración al no poderla sacar fácilmente. También me frustró no poderle comunicar que no lo quería hacer daño, que solo la quería sacar.

Pasaron los minutos y nada. Cada vez se escondía más y más. Al ver que esto no iba a ser fácil me desesperé y bajé a traer un bote de insecticida. En ese momento pesó más mi deseo de terminar el día e ir a descansar que la vida de la araña.

Fue tan fácil. Un poco de presión al bote de insecticida y la araña inmediatamente cayó de la ranura donde se escondía al piso. Sus patas se empezaron a contraer y todo su cuerpo tembló. Estaba luchando tan fuerte por su vida. Sentí lástima por el animal y decidí apretar de nuevo el bote para «terminar con su miseria».

Diez segundos, quince máximo y la vida había abandonado el cuerpo de la araña. Yo ya estaba libre para ir a descansar y la araña iba a descansar para siempre. Lo siento mucho, pobre araña.