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Categoría: reflexión

Amor propio, dolor y un Hot-Dog

Acabo de leer una historia que por alguna razón conmovió hasta lo más profundo de mi ser:

Una familia sale a cenar. Cuando llega la mesera cada uno de los papás pidió su orden. Un segundo después su pequeña hija de 5 años con mucha ilusión también hizo su pedido: “¡Yo quiero un hot-dog, papás fritas y una Coca-Cola por favor!” “Claro que no,” interrumpió inmediatamente su papá y volteando a ver a la mesera agregó, “Ella comerá un pastel de carne, puré de papás y leche”. Volteando a ver a la niña con una sonrisa la mesera le dijo, “Cariño, ¿Que quieres que le agregue a tu hot-dog?” Después de que la mesera se retiró, la familia permaneció sentada en silencio y en shock. Unos minutos después la niña con brillo en sus ojos dijo, “Ella piensa que yo soy real.”

— Jack Kornfield y Christina Feldman

¿Qué es lo que exactamente me pegó de la historia? Todavía no lo he logrado terminar de comprender pero de alguna manera me sentí muy relacionado con la niña y esa sensación de ser “invisible”, de no pertenecer.

Creo que todos hemos tenido una serie de experiencias que han contribuido a formar una narrativa dentro de cada uno de nosotros que nos dice algo parecido a, “No soy suficiente, algo me hace falta para poder pertenecer, para ser tomado en cuenta.” Al menos así es como pienso muchas veces yo. No es divertido.

Puede ser difícil de aceptar pero creo que después de muchos años de estar reforzando este tipo de narrativas adentro de nuestras cabezas podemos llegar a desarrollar un rechazo interno hacia nosotros mismos.

Esta es una de las más grandes tragedias que podemos experimentar como seres humanos, no querernos tal y como somos. Creer que estamos fundamentalmente incompletos y que no merecemos amor es una fuente de sufrimiento inmensa que se puede llegar a erradicar.

Después de todo, esas creencias se aprenden a través de vivir historias como la de la niña y su hot-dog. Cuando algo se aprende, también se puede desaprender.

El poder de las conversaciones

Aún puedo recordar que cuando era muy niño que una de mis cosas favoritas era ir a la casa de un amigo que vivía al lado de la casa de mis papás y pasar hablando por horas con él. No puedo haber tenido más de 7 u 8 años pero el recuerdo sigue muy vivo dentro de mí. De qué hablábamos exactamente no puedo recordar pero sí tengo muy presente la agradable sensación de pasar el tiempo solo hablando con él.

Lo mismo se repitió durante mis años de adolescente y ese deseo de querer intercambiar ideas, sentimientos y aprendizajes por medio de largas charlas con otras personas me ayudó a encontrar grandes amigos que siguen cercanos a mí al día de hoy.

Hoy en día las cosas han cambiado muy poco respecto a mi inclinación a buscar una buena conversación. Parece ser que es mi mecanismo favorito para aprender y también para enseñar. Creo que cuando dos personas se sientan a hablar con las ganas de conocer y entender a fondo los puntos de vista de la otra persona ocurren cosas maravillosas.

Para empezar, nuestra perspectiva del mundo necesariamente cambiará ya que al tener una buena conversación tenemos la oportunidad de ver el mundo a travez de los ojos de alguien más. Y como que si esto fuera poco también podemos validar nuestras ideas más íntimas permitiendo que alguien en quien confiamos las pueda cuestionar y ponerlas a prueba.

Las conversaciones nos permiten aprender más acerca de nosotros mismos y al mismo tiempo nos enseñan mucho sobre la persona con quién estamos interactuando. Este aprendizaje, claro está, es bi-direccional y la otra persona también disfrutará del mismo beneficio.

Conversar con alguien nos permite compartirle qué es lo que queremos, cómo nos sentimos, qué nos preocupa y qué miedos tenemos. Nos abre el camino a ser vulnerables y honestos para que los demás tengan la oportunidad de podernos entender. Sin una conversación no puede existir una conexión profunda pues es imposible conectar con alguien a quien no se le conoce.

En fin, las buenas conversaciones son de mis cosas favoritas en este mundo y creo que su super poder es que nos permiten compartir nuestra humanidad con los demás.

La crítica «on line»

Criticar algo en público es cada vez más fácil. Poco a poco la cultura “on line” ha creado en un espacio virtual apto para despedazar los proyectos, acciones y sueños de cualquiera.

La tecnología y capacidad de comunicación que existe hoy no tiene precedentes pero no puedo dejar de cuestionarme si la manera en que la estamos utilizando es la mejor. Me parece que no.

Creo que la crítica, retroalimentación, “feedback” o cómo ustedes le quieran llamar es de los regalos más grandes que una persona le puede dará otra. Esto sí y sólo sí, la intención de dar la crítica es genuinamente ayudar a la otra persona a mejorar. Esto no es lo que veo pasar “on line”.

¿Qué es lo que sí veo? Con mucha tristeza veo mucho veneno y un infinito deseo de mostrar superioridad sobre los demás por medio de la destrucción de sus proyectos y aquello en lo que mas creen. Veo cómo se rechazan, con maldad infinita, los proyectos de personas que tal vez en un pasado cometieron algún error y ahora están tratando de hacer enmiendas. Veo, sin aún poder entenderlo, cómo se critican las acciones de personas cuando es evidente que las personas que critican no tienen idea de lo que están hablando. Veo cómo estamos utilizando toda esta maravillosa tecnología para destruirnos unos a otros.

Hoy tenemos todos lo que pudiéramos desear y más. Hoy podemos comunicarnos con casi cualquier persona en el mundo. Tenemos mucho poder. Cada uno de nosotros tiene un megáfono que puede resonar, cómo diría el famoso Buzz Light Year, “¡Al infinito y más allá!”. Tenemos que ser más conscientes en cómo usamos este poder que tenemos y recordar que qué la otra persona no nos conozca o no nos esté viendo no nos da permiso de destrozar sus sueños con un comentario público cuyo único objetivo es hacer daño. Tenemos que ser mejores que eso.

Todas son malas ideas

No hay idea que aguante su primer colisión con la realidad. Eso de que hay ideas buenas e ideas malas es puro cuento de hadas. ¡No hay buenas ideas! Toda idea, en cuanto sale de la mente que la creó, está destinada a morir y para optar a sobrevivir tendrá que transformarse inmediatamente en algo mas. Una idea solo empieza a funcionar cuando deja de ser idea (ya ha salido de la mente) y se empieza a ejecutar (tiene contacto con la realidad).

Una idea no puede fracasar mientras vive en la mente de su creador, ese lugar seguro del que tanto teme salir. Todos sabemos que nuestras ideas fracasaran, al menos en su forma inicial, y es por esto que nos tardamos tanto tiempo empezar a trabajar en todas esas nuevas ideas que tanto nos apasionan pero no podemos concretar.

Pero al retener nuestras ideas en el ambiente calentito y protector de nuestras mentes solo las estamos privando de la posibilidad de fracasar y convertirse en algo útil. Las estamos dejando quedarse como malas ideas hasta el momento en que tengamos el valor de liberarlas y que decidamos fracasar junto a ellas en el instante que colisionen con la realidad.

Y es por esto que tenemos que empezar a pensar menos y a hacer más. Solo de esta manera podremos cambiar todas esas malas ideas en proyectos que funcionen de verdad.

Esta es una invitación para que saquemos todas esas ideas de nuestras cabezas y que experimentemos con ellas cuanto antes podamos en el mundo real. Tal vez entender que todas las ideas son malas, que todas están destinadas a morir y que está en nosotros luchar por convertirlas en algo útil nos ayudará a perder el miedo de empezar.

Los sonidos de la noche

Una vez que el sol se ha ocultado y le ha abierto paso a la obscuridad, todo empieza a cambiar. Llega la noche y con ella el aire se inunda de sonidos que despiertan el corazón.

Basta prestar un poco de atención para poderlos apreciar. Guarda un poco de silencio, deja el celular y ponte a escuchar. Te lo prometo, un mundo maravilloso está esperando por ti.

En realidad no importa en dónde estés. Puedes estar en el campo o en tu casa en plena ciudad. Los sonidos de la noche siempre están ahí para arrullarte como un bebé. Todo lo que tienes que hacer es dejarlos llegar.

Puede ser el soplar del viento por la ladera o el cantar de un grillo en el jardín. También la sirena de una ambulancia o el silencio que solo la noche te puede regalar. No importa en verdad. Hoy por la noche, solo siéntate a escuchar.

Fronteras y etiquetas

Las fronteras realmente no existen. Son una construcción artificial de la mente humana. Lo mismo ocurre con el concepto de país. Sin la presencia de la inteligencia humana, también deja de existir. No existen en el mundo natural. ¿Quién de nosotros, si despierta de la nada en un avión, podría decir sobre que país está volando con tan solo ver el paisaje?

Y aún así, estos conceptos que se utilizan como etiquetas limitan tanto lo que las personas pueden o no hacer. Si alguno recuerda los DVDs tendrá presente el dolor que fue el tema de las famosas regiones. Region 1, Estados Unidos, Región 4, Latinoamérica, etc. Si la región de el DVD no hace match con la del Player, no puedes ver la película —¡no estás en la latitud y longitud correcta para ver esta función!

Por alguna razón las personas insisten en diferenciar, incluso a su propio detrimento, el trato y privilegios que los demás pueden tener en base a tantas etiquetas arbitrariamente establecidas, limitando así, el desarrollo y progreso de nuestra sociedad.

Por ejemplo, hace unos minutos Epic no me permitió darle dinero a cambio de un juego que están vendiendo porque cuando mi hijo creo su cuenta dejó Estados Unidos (país seleccionado por omisión) como nuestro país de residencia. Mi método de pago es de Guatemala y obviamente las etiquetas de País no concuerdan y por ende el juego no se puede comprar.

Dada la gravedad de la situación (que quiero actualizar mi dirección en una cuenta de juegos digital), no puedo simplemente cambiar mi país en el sitio de Epic. Debo escribir un ticket a soporte y esperar que me autoricen el cambio. ¡Nos van a verificar! En fin, tristemente vivimos en un mundo donde etiquetamos todo y es la conformidad con estas etiquetas lo que determina, en gran parte, la fortuna que muchos tendremos. Lastimosamente esto ocurre en situaciones realmente más serias —incluso de vida o muerte— que no poder comprar un videojuego.

Aprender jugando es mejor

Hace unos días atrás escribí acerca de la gran cantidad de tiempo que he pasado jugando Civilization VI con mi hijo y mi cuñado. Las cosas no han cambiado y hoy volvimos a pasar la mayor parte del día jugando.

Sin entrar en los detalles de cómo funciona el juego quiero relatar cómo Civilization VI ha despertado el interés por la historia, política, ciencia y economía en mi hijo de 11 años.

Realmente no hay nada como aprender jugando. Creo que se aprende más cuando no se “sabe” que se está aprendiendo. Cosas maravillosas ocurren cuando el aprendizaje viene sutilmente disfrazado como algo más. En este caso, como un juego.

Conforme nos hemos ido adentrando en el juego el domino de los conceptos que se presentan como sistemas de gobierno, políticas económicas, estructuras sociales y técnicas de negociación se vuelve necesario para seguir avanzando. Y seguir avanzando es tan divertido que los tres hemos pasado horas de horas leyendo, comprendiendo y aplicando estos importantes conceptos.

También quiero mencionar cómo los círculos de retroalimentación cortos que ofrecen los juegos son importantes en el aprendizaje. Por ejemplo, si dentro del juego elijo un sistema de gobierno que no es apto para mi situación, en un par de turnos me puedo dar cuenta que me equivoqué ya que mi situación no irá para bien. De igual manera, cuando el sistema encaja, el progreso es evidente. Este tipo de retroalimentación rápida cimienta el aprendizaje y los conocimientos de una manera experiencial.

Aprender no tiene que ser aburrido y jugar no tiene que ser “una perdida de tiempo”. Se puede jugar para aprender y aprender jugando es mejor.

Riesgo y consecuencia

Puede haber algo que sea de muy poco riesgo pero que tenga graves consecuencias. Por ejemplo, viajar en avión.

También hay cosas de mucho riesgo que tienen consecuencias leves. Como jugar un partido de futbol.

Qué tan arriesgado es algo no tiene nada que ver con la gravedad de las consecuencias que se darán si el riesgo se cumple. Para tener el panorama completo se deben considerar tanto las probabilidades como la severidad de las consecuencias y recordar que no están relacionadas.

De mutuo acuerdo

Cuando dos o más personas deciden colaborar para lograr algo más grande que lo que podrían hacer solas —»construir de mutuo acuerdo»—, se logran grandes cosas.

Es por esto que me desmoraliza tanto encontrar el famoso “de mutuo acuerdo” en contrato tras contrato con el único afán de tratar de limitar el abuso de una de las partes sobre la otra. Muy rara vez se utiliza para potenciar la colaboración que podría nacer de una estrecha relación en donde las partes involucradas acuerdan mutuamente apoyarse.

No sé si sea muy optimista, o incluso utópico, pero me gustaría vivir en un mundo así. En donde los que queremos trabajar juntos acordamos dar lo mejor que tenemos y tratar de cumplir las expectativas que mutuamente se definen desde el principio. En donde si algo surge en el camino o alguna expectativa no se cumple, el malentendido (es es todo lo que sería) se resolvería con el mejor resultado para el proyecto en mente.

De mutuo acuerdo no debiera significar “no me puedes hacer eso a menos que yo te deje”. De mutuo acuerdo debiera significar “acordamos colaborar para lograr lo que los involucrados queremos y si por cualquier razón no resulta, lo resolveremos de la manera más productiva posible”.

Hay más enfermedades

Este último año ha sido dominado por la narrativa del COVID. La cobertura mediática, las restricciones de movilidad y la muerte de tantas personas ha hecho que este virus sea el líder de “top of mind” de las enfermedades.

No importa que anomalía pueda uno experimentar en el cuerpo, el primer pensamiento que salta casi que de reflejo es “tengo COVID”. Por ahí escuché a un amigo decir “ya todos tuvimos COVID, al menos en la mente”. Es muy cierto.

Pero hay otras enfermedades que el cuerpo y nuestros sistemas inmunes deben combatir. La comida nos cae mal y nos podemos intoxicar, nos puede dar una gripe común o podemos experimentar un dolor de cabeza. Estadísticamente no se cual sea la probabilidad de que la siguiente enfermedad que una persona contraiga sea COVID pero me imagino que es relativamente baja.

No quiero decir con esto que las medidas de precaución y el nivel de alerta con que nos debemos comportar deben disminuir. Para nada. El COVID es real y nos tenemos que cuidar. Lo único que estoy diciendo es que hay otras enfermedades y eso que estás sintiendo en tu cuerpo puede ser algo que no sea COVID. Hay más enfermedades.